domingo, 30 de abril de 2017

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. y 11.- MAXIMO MALDIA EN LA INDIA

Salí de la Universidad Laboral de Córdoba en los últimos años sesenta del siglo XX, pasé algún tiempo en la búsqueda de mí mismo todavía sin rumbo fijo, y coseché en mis primeros nueve empleos fracaso tras fracaso, porque otra cosa no es el hecho de que te paguen mal. Peor no podría haberme ido cuando trabajé como crupier del casino de Torrelodones, o como empleado de banca, humorista, herrador de caballos en el Hipódromo de la Zarzuela, acomodador de cine, auxiliar de farmacia, fotógrafo, relaciones públicas de Pompas Fúnebres en Albacete, o dibujante y diseñador de azulejos en una cerámica de Castellón. Sentía tener la suerte de espaldas muy a pesar de haberme librado de cumplir el servicio militar por excedente de cupo, aunque nunca me faltó la esperanza de que mi momento llegaría favorecido por la perseverancia.

En todos y cada uno de mis trabajos aprendí algo, pero era hora de dar un paso adelante y de rematar una operación llevada a cabo paralelamente con la formación académica: sí, era hora de decidir la autodeterminación personal, la autonomía intelectual definitiva que no se sabe dónde empieza ni cuando termina; era hora de completar mi aprendizaje en la conciencia de que nadie hará de ti lo que no hagas por ti mismo.

     Tal disposición me inclinó a tomar el tren que oportunamente pasó junto a mí, y aceptar la oferta de viajar a la India con la empresa en que me contrató en una décima oportunidad, pareciendo haber dado mis primeros pasos afortunados: una fábrica de maquinaria agrícola donde mi trabajo tenía lugar en el Departamento de Métodos y Tiempos, y por un periodo indefinido. Y en país tan lejano tuve el primer reencuentro con un pasado reciente porque fui a encontrarme, en la empresa, con el que fuera en la ULC educador y dominico padre A. Ocaña, ahora felizmente casado con una bella joven de nacionalidad francesa que como él mismo viajara a la India con intenciones misioneras y catequéticas. Y recuerdo todavía mi intención de escarbar en la personalidad y cambio de orientación del sacerdote, al preguntarle cómo era posible mudanza tan radical en su vida tras haber recibido una educación religiosa tan larga y comprometida, a lo que respondió asegurando haber sufrido una catarsis, antes de recordarme una célebre cita de Walter Benjamín: 

-La parte más importante de la educación de un hombre es aquella que él mismo de da”.

      El objetivo, sin embargo, en este relato, no es retornar a un pasado de estudiante a propósito de mi encuentro con un antiguo maestro, por el contrario, dejo aquí el hallazgo como una anécdota para ocuparme de mi evolución personal. Sé que hay gentes ante la que paso por extravagante y creen verme sobreponderar mis virtudes capturando la atención ajena, otras para las que mi nombre y apellido, Máximo Maldía, es un hándicap insuperable, pero ambas yerran, no se ajustan a la verdad. Soy un tipo normal, sobrio y riguroso por vocación que no relato más que lo que ha vivido, emociones sin cuento que han sembrado en mi ánimo muchas inquietudes y la convicción de que los hombres pertenecemos a una sola estirpe. Y con esa premisa de sostener un espíritu abierto viajé a la India, donde desarrollé aptitudes que están en todos, aunque requieren de seria autodisciplina a cambio de un generoso premio.

Lamento que un trabajo tan breve como éste no me permita recoger los hechos numerosos que cabría contar en una autobiografía, pero si es posible hacer mención de algunos descubrimientos enriquecedores. Tres años viviendo en la India despertaron en mí el deseo de alcanzar metas que en Europa ni se sueñan, por cuanto la capacidad de sacrificio de los indios supera todo aquello que nosotros entendemos por santidad. Recuerdo haber sido testigo, en la calle, de escenas de un dramatismo sobrecogedor soportadas por los protagonistas con tal indiferencia que todavía me aterran. Me pareció estar en un planeta desconocido ¡y lo estaba! el día en que vi a un faquir, quemarse accidentalmente con la espada incandescente que le carbonizó primero los dedos, después la muñeca y más tarde el brazo al completo desprendido del hombro y estampado contra el suelo, sin que la entereza del asceta se resintiera ni exhalara una queja. Y en otra ocasión, a un preadolescente delgado como una espátula, autoazotándose sin misericordia, tras de habérsele atrapado robando una manzana; el jovenzuelo que suspendió el castigo por la interposición violenta de un grupo de europeos entre los que me encontraba yo, se preparaba para cortarse una mano a petición de sus captores.

Los indios asiáticos, que incluso juguetean con la alegría de morir, no huyen del dolor, se burlan de él; el dolor es para ellos un caballo en el que galopar hacia la perfección, maldiciendo los analgésicos o sedantes de cualquier naturaleza que sean. Los latigazos que se propinan los penitentes cristianos en las procesiones de Semana Santa, no son más que una comedia  comparada con las severas disciplinas a las que se someten los místicos hindúes; los esfuerzos del feligrés por alcanzar la trascendencia no son más que timoratos propósitos;  las tormentosas torturas que padecieron los santos cristianos de que nos hablan las obras pías con intenciones apologéticas, carecen de importancia; todos los sacrificios  palidecen frente a las meritorias proezas llevadas a cabo por los ciudadanos  de la India que, lejos de sancionar a los demás se infringen a sí mismos los castigos que creen merecer.

Aquellos y otros hechos, que dilatarían en exceso esta memoria, decantaron mi decisión por la práctica intensiva de una especial disciplina que permite a los indios realizar las proezas de que hablo, superar el sufrimiento y las situaciones más adversas, incluso con satisfacción, una actividad que permite sin hacer un solo gesto de contrariedad, cagarse en el sombrero antes de ponérnoslo sobre la cabeza: ¡el yoga! Me bastará un minuto para contar aquí mi afección por esa disciplina adquirida en mi estancia en la India de modo inesperado: el yoga, que primaba mis ansias de acercarme a otra cultura. No extrañe al lector que hoy pueda prescindir de comer durante 7 días sin sentir ninguna necesidad y así lo haga una vez cada 6 meses; que tras el mismo espacio de tiempo me someta a “una cura de vigilia”, manteniéndome despierto día y noche a lo largo de una semana; o que alterne la práctica de los ejercicios gimnásticos y la carrera durante dos horas, diariamente, compatibilizándolo con “asanas”, verdadera llave maestra de mis conquistas personales y progresos físicos y psicológicos. 

Créame el lector, el yoga cambió mi manera de entender la existencia, me colmó de suerte, me ha dado condición física y espiritual, poder de evocación, seguridad y conocimiento de mí mismo, sosiego interior, capacidad de retención y forma física, una visión objetiva del entorno, y una concepción asumible del humanismo. El yoga me ha permitido desarrollar facultades extrasensoriales, dotarme de privilegios o derechos que nadie puede pagar con dinero, y pequeñas ventajas enormemente satisfactorias cuando se experimentan, como el reconfortante placer de bañarme en el mar y durante una hora, todos los días del invierno, con independencia de que salga o no salga el sol.

 Domino mi cuerpo y mi mente, los progresos de que puedo presumir son aproximaciones superficiales que deben aprenderse a leer en sus verdaderos valores: puedo repetir nombres y apellidos de cien personas inmediatamente después de que se me hayan dicho o leído, y sumergirme bajo el agua durante quince minutos sin respirar prescindiendo de cualquier asistencia artificial. No sé lo que es padecer un catarro ni enfermedad. Jamás he tenido fiebre ni he sufrido dolencia alguna. Conozco la técnica de la hipnosis, y a través de ella he curado en ocasiones a personas con traumas psicogénicos. Me basta apenas un instante para conocer las intenciones de quien se acerca a mí, sea o no persona conocida. Y, por último, en bien de la brevedad, cuando acudo al dentista jamás permito que me aplique anestesia ni paliativo alguno del dolor, porque lo soporto sin inmutarme y de esto fui el primer sorprendido cuando, 20 años atrás, y antes de la extracción de las cuatro muelas del juicio decidí, en un arranque de extrema voluntariedad, pasar por la experiencia que superé con éxito, dejando al odontólogo grabada en el rostro la mueca de la incredulidad y el asombro.

A todo ello me parece oportuno añadir algunos elementales principios.
No oculto a nadie quién soy.
Olvidé los dogmas, y sé que el saber está en libros gordos y de letra pequeña.
No tengo otro mandamiento que el Deber
Me sugestiona más el temor de perder la vida que el miedo a la muerte.

Y creo que el cacareado altruismo es la expresión más pura del amor propio. No me cabe duda de que hacemos el bien por nuestro propio interés; somos los primeros a quienes satisface ser desprendidos, ya nadie cree que el sufrimiento redime, o que el dolor implica perfeccionamiento personal.

Sostener principios así y reírme a mandíbula batiente cada vez que la ocasión lo ha propiciado, es en muy buena medida lo que me ha hecho feliz, no espero sin embargo contar con la mecánica conformidad de nadie, ni con la aceptación del viejo adversario y amigo que me ha calificado de resentido y al que no voy a conceder la razón: las penurias pasadas y otros menesteres dejan cicatrices que forman parte de nuestra memoria, pero no guardo rencor ni siquiera al gordo del barrio en mi niñez que comía como una lima sin pensar en compartir conmigo. Me basta saber quién fui y quién soy, siempre el mismo y ahora con algunos años cumplidos, mucho mejor acervo y la capacidad necesaria para hacer un buen ejercicio de introspección, tal vez dolido del síndrome de Woody Allen que un día confesara: “De pequeño quise tener un perro, pero mis padres eran tan pobres que… ¡sólo pudieron comprarme una hormiga!”. 


domingo, 2 de abril de 2017

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 10.- EXPERIENCIA Y EDUCACION

Si hay una primera intención en las historias breves que he ido depositando en esta página, en ocasiones ni siquiera vividas en primera fila, es la de manifestar que aquellos muchachos educados en la forja del hogar paterno, y en sus ciudades y pueblos de origen, llegaban a la Universidad Laboral portando un carácter personal intransferible, un latido personal, o un modo de ser y sentir con el que tenían que vérsalas jóvenes, entusiastas Dominicos…y sin duda quienes más aprendían.Lo hago a modo de reflexión en contraste con la actitud más frecuente de quienesdefienden la educación del internado, asegurando su excelencia y superioridad sobre la que nuestra misma generación recibiera en centros distintos, o distintos lugares, talante escasamente crítico si no se han conocido otros, y en consecuencia hijo de un juicio precipitado.

Pese a ello disculpo la actitud narcisista en la que todos participamos y que consiste en creernos el ombligo del planeta, o que el mundo ha sido creado paranuestro servicio y da vueltas rutinaria e insistentemente en nuestro entorno y sin otro fin, idea en la que abundo recordado la sentencia del filósofo que afirmara: “Todo  hombre  toma el campo de su propia visión por los límites del mundo”.

Por el contrario,aprecio escasa preocupación por saber de un colectivo al que tuvimos el privilegio de observar de cerca, y del que en general desconocemos historia y circunstancias personales: Los Dominicos, protagonistas de la vivencia apasionante de pastorear a miles de jóvenes ante cuyas miradas escrutadoras debieron en ocasiones sentirse desnudos, estrechamente vigilados e interrogados con severidad por ellos. Póngase el lector en lugar del educador, y piense en la situación concreta de quien tomael ascensor junto a una dama de halo distinguido a la que desconoce, un escenario comprometido en el que todos nos hemos visto antes o después y, comprobado que a tan corta distancia la mirada cobra especial significación. En las cortas distancias los ojos hacen la función de las manos y de la voz; los ojos hablan sin emitir sonido alguno y revelan el interior del hombre o la mujer; los ojos… ¡pueden tocar, manosear, lanzar dardos capaces de alterar la estabilidad emocional dela persona observada! Pues bien, necesariamente, los Dominicos debieron sentirse atentamente vigilados en el pequeño espacio de un colegio, por centenares y centenares de curiosos ojos que, no eran más que armas de cabezas que pensaban y se hacían preguntas que centelleaban en ellos.
Sin embargo no he escuchado a nadie interrogándose por el mundo interior, ni por el efecto que la soledad obraba en los educadores, célibes por vocación negados al amor de pareja, ni  he oído preguntarse qué sentían ante la mirada del personal de servicio, los profesores y, alumnos que hoy derrochan agradecimientos, reconocimientos y retribuciones morales en ocasiones exageradas por cuanto tales halagos olvidan que la educación esencialmente se recibe de los padres y el entorno familiar en la infancia y desde el nacimiento. Yo, Máximo Maldía, confieso agradecido sinceramente la dedicación y atenciones de cuantos trabajaron en mi formación, mas tengo por error la actitud reiterada de cuantosaseveran haber sido educados por hermanos y sacerdotes Dominicos, ninguneando a sus ancestros. Y diré por qué.





Somos nuestra experiencia. Si algo hay meridianamente claro es que para la vida no existe el  manual de instrucciones. Remitámonos a continuación a la infancia y desde la hora cero de la criatura llegada al mundo. Su experiencia será la base de todo conocimiento y maduración personal, y en ella los cinco sentidos aristotélicos tienen un peso decisivo. Tacto, sabores, u olores son aceptados o rechazados por la condición genética individual descubriendo una personalidad inconfundible desde la lactancia. La vista y el oído captan el entorno e irán llenando de contenido una conciencia en blanco, ahormando en primer lugar e irrevocablemente al individuo incluso antes de conocer el lenguaje hablado de sus progenitores. Los primeros años de la vida deciden el futuro,el aprendizaje primario y esencial antecede al entendimiento del lenguaje y, se anticipan a la educación con que la escuela, tardíamente, quiere formarle.
Somos lo que hemos vivido. “Ningún conocimiento humano puede ir más allá de la experiencia”, aseveraba Jhon Locke. Y Antonio Machado declamaba: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Hay en todo hombre un Subconsciente profundo determinado por la genética en el que tiene origen la inteligencia, la sensibilidad u otras virtudes que no se aprenden y, la Conciencia donde se alojan los conocimientos aprendidos en la familia, o el medio ambiente, y en el que la escuela ocupa un meritorio tercer lugar… ¡nunca el primero!

       La escuela, pese a su afán domesticador, no hace inteligente a quien no lo es, divide y separa por niveles hasta expulsar a los menos dotados; la escuela hace innecesario “Un mundo feliz” como el diseñado por AldousHuxley en el que manipulan genéticamente a hombres y mujeres al objeto de adjudicarles un destino desde el nacimiento; la escuela selecciona y clasifica lo que el azar y la naturaleza han creado… no obra milagros; la escuela asigna a cada alumno que pasa por ella un número del 0 al 10, -de la nulidad al sobresaliente- que presta alas para volar a unos y precipita a otros por un profundo precipicio. Y de la escuela es conocida una divisa universal que en boca de sus profesores dice resueltamente: “No suspendo a ningún alumno, se suspenden a sí mismos”.

      En conclusión, somos parte inalienable de nuestra estirpe familiar, y miobjeción a quienes ven en el maestro a su educador, en detrimento de padres y abuelos, no resta mérito alguno a cuantos trabajaron con total honestidad en la ULC y con quienes aún mantengo filial amistad, ahora bien, parafraseando a J. Nievo, “vale más un grano de buena moral en la infancia que un curso de filosofía moral en la juventud”.


jueves, 23 de febrero de 2017

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 9.- DOS HOMBRES, DOS DESTINOS

Muchos años después de salir de la Universidad Laboral, no había podido olvidar las controversias escuchadas de labios de una peculiar pareja de amigos en permanente debate, y en el centro del cuadrilátero de las ideas: los protagonizados entre el profesor de tecnología Luciano Gavilán y el padre Jesús, el primero un escéptico interesado por los misterios de la vida y la muerte, el segundo la personificación de la fe rayana en la porfía.
Al profesor Luciano hacía destacarse a distancia la notable estatura o una cabeza grande adornada de leonada melena oscura, y de cerca un indudable don de gentes o la simpatía natural. Y a su replicante, padre Jesús, caracterizaba la capacidad semejante para relacionarse con los demás, la escasa talla, la cabeza pequeña de frente despejada, la barbilla leniniana adelantada al rostro, y los ojos de una profunda oscuridad coronados de pestañas dispersas.

Los contendientes representaban partes de un todo, destinos distintos y adyacentes: un ejemplo pedagógico y vivo de la España del siglo XX, la España real en una sorda y profunda crisis de la conciencia religiosa, ignorada por los alumnos. Ambos actores a los que hoy, abusando de una larga perspectiva y de mi madurez, recuerdo como jóvenes entusiastas de la cultura plenos de vitalidad, se dejaban ver con frecuencia charlando amigablemente nadie sabe de qué, aunque mi objetivo es hacerlo saber: entrar en cuanto unía o separaba a los protagonistas de esta historia, a los que vigilé estrechamente.

Del modus operandi disimulado y sistemático de que me valí para captar sus disputas diré lo imprescindible, desde ocultarme tras de una cortina dentro de la cafetería y junto a la mesa donde acostumbraban sentarse, hasta aplicar la oreja a la puerta del despacho del sacerdote, podría contarle al lector mil artificios. Llegó a traicionarme la suerte el día que, escondido bajo la amplia mesa sobre el estrado del aula vacía de alumnos, y cuando se acaloraban defendiendo tesis incasables, acabé saliendo de allí disculpándome y diciendo que estaba regulando una pata para evitar la cojera de la misma. Tal vez me creyeran, pero sus caras estupefactas parecían escépticas.

Difícilmente podría olvidarme de la ocasión aprovechada en que fui a sentarme  a la espalda de los asientos que ocupaban en el autobús, en la línea que llevaba desde el paraninfo al centro de la ciudad. El sacerdote soltó un exabrupto cuando en un frenazo imprevisto y seco, su cabeza fue a estamparse contra la testa del conductor del autobús; mil disculpas no borraron la primera imprecación, que proferida en tono bajo había llegado con nitidez a mi oído. El incidente puso fin al debate del que yo, deslizado sobre el asiento hasta ocultar la cabeza, no perdí palabra. La conversación entre ambos había girado en torno a las pretensiones del profesor de abandonar la educación, e ingresar en la Academia Militar de Zaragoza, porque su verdadera vocación consistía en continuar la tradición familiar castrense de más de un siglo, y cuando el profesor agotó el objetivo de comunicar sus marciales inquietudes, la iniciativa quedó en manos del sacerdote.

Antes de sentarse el padre Jesús había recogido del asiento “El Caso” abandonado por el anterior usuario, un semanario de contenido luctuoso y éxito popular, divulgador de un sólo crimen por número, aunque a bombo y platillo. Y allí encontró motivo suficiente para la disputa, porque se dirigió al profesor haciendo una lectura escueta de la noticia destacada en la cabecera:

    UN PRESO FUGADO DE LA CÁRCEL DE CARABANCHEL VIOLA A UNA JOVEN ESTUDIANTE, ANTES DE ASESINARLA

–¡Espeluznante! ¡Increíble! –se alarmó el profesor Luciano agitándose en el asiento– me horroriza pensar en la condición humana capaz de cometer tal crimen. Jesús, permíteme calificar a ese pobre hombre de desgraciado, porque en último término cumple con las crueles determinaciones que el destino ha puesto en él.
–Luciano, lo que llamas destino tiene un nombre: ¡Dios! Y Dios provee de la razón para que distingas el bien del mal; te hace responsable tanto como libre.
–¡Eres un optimista incorregible, Jesús! El psicópata no es libre, está conformado por la condición bioquímica para matar sin remordimiento ni zozobra… es un títere que responde al sinsentido de la naturaleza exenta de principios morales.
–Las tentaciones diabólicas están para que el hombre las rechace, no para sucumbir a ellas. El mal instiga, pero el hombre decide libremente –apostilló el sacerdote.
–¡No, Jesús… el hombre que no nace, no se hace! Es prisionero de su naturaleza animal. Hay una causa psíquica, o biológica, cuando no educativa o ambiental, que escapa a su control… Y si como alguna vez me has dicho, debemos remontarnos al origen de todas las causas, el resumen es sencillo: la responsabilidad no es de ese desgraciado asesino, sino de ese origen determinante que decide el destino o la suerte del individuo…

En aquél instante, el chirriante frenazo del vehículo puso punto fin al diálogo, y al cura, que sufrió en la frente el coscorrón contra el conductor, no le quedaron ganas de renovar el combate. El autobús llegó a su destino, y me bajé por la puerta trasera aconsejado por la cautela.
De las ocasiones múltiples en que escuché rivalizar a profesor y sacerdote, debemos recoger algunas muestras que conservan el espíritu de los contendientes. Un día, oculto tras de unas cortinas ornamentales del bar pude oír con nitidez una larga conversación, que acabó en el debate sobre la libertad del alumnado para decidir acudir, o no, a ritos y ceremonias religiosas.
–Los jóvenes están en formación, y nosotros asumimos la responsabilidad de enseñarles el Dogma por su propio bien, u obligamos como un compromiso moral a que asistan al sacrificio de la Santa Misaen la mañana de cada domingo.
–¿No te parece extraño que Dios tenga tanto empeño en obtener reconocimientos, y súplicas masivas, cada festividad? –preguntó el profesor y prosiguió– A quienes agradan los homenajes, o ser venerados, es a narcisos exhibicionistas y todos aquellos a los que gusta desfilar: deportistas de elite, toreros, gallos de pelea, actrices y coristas casquivanas, legionarios, políticos, dictadores, play-boys…  ¿pero a Dios?
–Luciano, donde nosotros tenemos la fe, tú pones frialdad intelectual.
–¡Jesús, yo soy profesor, y califico a mis alumnos por su aplicación a la asignatura, y nunca porque me acosen un día cada semana mendigando un aprobado. Supongo a Dios sabiendo a quien debe gratificar, con independencia de que le tiren insistentemente de la levita.

Recuerdo al profesor excitado, visiblemente, tanto como las respuestas del cura, pero también mi urgencia por salir de allí, de forma que agradecí se levantaran de las sillas partiendo hacia la barra del bar, pues unos minutos después comenzaba el examen de Física al que yo no podía faltar.
Entre las cuestiones importantes, primordiales para la forma de entender del joven de entonces, la moral brillaba con luz propia. El padre Jesús defendía tesoneramente la búsqueda del bien en función de la salvación humana y recuerdo haberle escuchado decir:
–El hombre rehúye hacer el mal buscando la clemencia divina, es decir, el premio que recibirá en justicia por su rectitud. El terror al castigo rectifica la orientación de los instintos humanos. ¿Qué crueldades y desmanes no seríamos capaces de perpetrar los hombres, de carecer del temor de Dios? ¿Quién frenaría nuestras inclinaciones perversas si no hubiéramos de dar cuentas a nadie?... Luciano, recuerda que te preste un libro que lo razona muy bien…
–¡No hombre, no! Los que desean hacer mal y lo reprimen persiguiendo un premio, no lo merecen: aunque encubran sus instintos, son canallas disfrazados de honestidad. ¿Quién les va a premiar?... Considera la sentencia de Cicerón que dice: “Si hacemos el bien por interés, seremos astutos, pero no buenos” Yo me rijo por principios distintos y también hay libros que lo enseñan. Defender causas honestas me hace feliz, aunque no espero ningún premio. 
Vittorio de Sica
–¿Entonces, tú que deseas ser militar, amas a tus enemigos? –preguntó el P. Jesús.
– ¡Ni yo amo a mis enemigos, ni tú a los tuyos! Eso es tanto como amar la sarna. Aunque a decir verdad me acometen serias dudas después de haber oído decir a Vittorio de Sica que, hay que amar a los enemigos como a los amigos, porque seguramente son los mismos”respondió el profesor con indisimulado sarcasmo.
–Luciano, tu moral deja mucho que desear. No obstante, mi intención es echar un vistazo a los libros que lees, y si tengo tiempo, preparar una tesis aplastante para combatir una simplicidad argumental y dañina espiritualmente… Seguramente serán libros de escritores ilustradosy gentes así…

En esencia, cura y profesor polemizaban sobre cuestiones que me resultaban de enorme interés, y hoy, en el siglo XXI, importan poco a las nuevas generaciones, tal vez porque las han resuelto… o porque la indiferencia ha hecho tales progresos que no procede debatirlas.
 Un día, en situación comprometida para mí, el profesor me abordó al salir de clase, una sonrisa intrigante y sutil apenas esbozada delataba astutos propósitos, y mientras pasaba los libros de una mano a otra, procediendo más tarde a sacar la solapa del bolsillo derecho de la chaqueta, me preguntó a bocajarro:
–¿Y tú qué piensas, Máximo Maldía, estás conmigo o contra mí?–preguntó pronunciando nombre y apellido con cierta sorna.
Sin duda mi persecución había sido detectada. Se me subieron los colores a la cara, y atrapado, tartamudeé saliendo del compromiso valiéndome de evasivas referenciadas al temario de su asignatura, y arropándome en mis amigos, los hermanos Abel y Abundio Marchamalo, apenas a un paso de mí. Pero aquella pregunta reforzó tanto mi cautela que, obligado a mantener las distancias, la suerte no volvió a favorecer mi curiosidad.


Salí de la Universidad Laboral, pero nunca olvidé la situación embarazosa vivida frente al tecnólogo ni algunos de los debates que tuviera con el sacerdote, y,más de treinta años después todavía no había calmado la ansiedad, aún rememoraba momentos cruciales del choque entre polos opuestos. Tanto es así que, guiado por la admiración y respeto sentido por aquellos hombres, maduro para afrontar el pasado y disculparme, me propuse localizarlos. Corría el año 2004, y entregado a la labor de recuperar el tiempo perdido, la investigación a fondo a la búsqueda de sus paraderos fue dando los resultados esperados. Provisto de un teléfono y el impulso emocional necesario, el deseo de encontrarlos convertido en pesadilla obsesiva, resolvió mis desvelos unos meses después de iniciar la investigación y marcar centenares de números. Logré al fin poner al aparato al profesor, y le di el trato respetuoso que había dispensado al sacerdote en un contacto telefónico, pocos días antes.
–¿Hablo con don… don Luciano Gavilán? –interrogué nervioso.
–Sí, dígame, ¿a quién tengo el gusto de saludar?
–Mire, soy un antiguo alumno suyo, mi nombre es Máximo Maldía… usted no se acordará de mí, ha pasado demasiado tiempo…
–¡Pero hombre, ¡cómo no voy a recordar a Máximo Maldía!... ¡Me perseguiste durante años… eso no se olvida nunca!
–Bueno, don Luciano, llevo mucho tiempo persiguiéndole de nuevo, y no solamente a usted, ando también tras los pasos de don Jesús… ¿Sabe algo de don Jesús? –le pregunté suponiendo la respuesta de antemano.
–¡Ya me gustaría, ya! Pero perdí su pista hace muchísimos años, quizá tres décadas. Me dijeron que se fue de misionero a un país de América Latina, y es como si se le hubiera tragado la tierra, no he vuelto a saber más de su vida… si es que vive.
–Pues voy a darle una buena noticia, he dado con su paradero… ¡Vive!
–¡Dime, dime Maldía… me interesa! –respondió multiplicando la curiosidad.
–Don Jesús reside en Madrid; me he puesto al habla con él, y está dispuesto a hacerse ver por usted…, vamos, a la espera de que concertemos día y hora del reencuentro al que me enorgullece poder asistir.
Ni el profesor ni el cura obstaculizaban mi terquedad, y acabada la conversación sentía el placer impagable del éxito. Verificado en la voz de ambas partes el agrado sincero de retomar una vieja amistad, en menos de una semana mi intermediación daba resultados, y fijamos la cita en la Puerta del Sol, en el Kilómetro Cero y a las doce del mediodía de un sábado en pleno mes de enero.
Aquella mañana lloviznaba y los nervios no me dejaban parar, quizá por eso fui el primero en presentarme en el lugar convenido.Veinte minutos antes de las doce esperaba a pie firme envuelto entre los peatones y comiéndome las uñas, mientras pensaba que el bigote a la húngara dejado crecer tiempo atrás, me permitiría pasar desapercibido ante ellos, y observar su encuentro con discreción.
A la hora puntual pactada y una diferencia de apenas segundos, aparecían los convocados. Mi antiguo profesor de tecnología, vestido de negro, llegaba desembocando por la Calle Carretas, extremadamente delgado y desprovisto de la melena, moviéndose con lentitud, mutilado de la pierna derecha y ayudado de dos muletas para desplazarse con la izquierda, apoyaba las axilas en ambos soportes y miraba la hora en el reloj puesto en la muñeca de una mano, a la que faltaban los dedos índice y pulgar.
Por el lado opuesto, don Jesús, el otrora cura al que reconocí desde la salida de la boca del metro, vestía uniforme de color marrón con cazadora y pantalón. Sobre ellos un capote impermeable con capucha del mismo color. Un emblema adosado al brazo izquierdo a la altura del hombro, le identificaba como Vigilante Jurado del Metro de Madrid; el anillo montado sobre el dedo anular de la mano diestra, revelaba su estado civil como hombre casado; y entre sus manos llevaba un libro que no me fue difícil de identificar: Gargoris y Abidis, de Sánchez Dragó. En los primeros momentos, ambos inseguros y vacilantes, se miraron con alguna desconfianza sin acabar de reconocerse, y de inmediato, vencida la timidez y los segundos de confusión, extendieron la mano acortando las distancias, y los dos dijeron al unísono de modo espontáneo: ¡eres tú!

Sólo la sorpresa leída en gesto y mirada de ambos, al redescubrirse metidos en otra piel, superó la mía; un asombro a la vista del cambio operado en la imagen de los protagonistas de esta historia, que no tiene parangón. Asaltado por la extrañeza pude ver las figuras de los hombres fundidas en un abrazo enternecedor, efusivo e interminable, mientras sus ojos aguados destilaban emociones irreprimibles.
Me hice esperar a unos pocos metros de distancia, y cuando me acerqué presentándome como Máximo Maldía, les ocupaba las razones que habían motivado dar un giro copernicano a sus vidas, muchos años atrás:
Abandonar la vida eclesiástica y formar una familia, al entonces cura.
Al profesor Luciano, hacerse oficial del ejército, e intervenir en misiones de paz en Afganistán, donde perdiera dos dedos de una mano y le amputaran la pierna derecha desde la cadera, heridas por una fatídica mina antipersona. 

domingo, 29 de enero de 2017

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 8.- MÁXIMO MALDÍA EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES


      En ocasiones reconozco sonrojarme al recordar pasajes de la historia personal como el vivido en la Universidad Laboral de Córdoba, una noche, junto a cinco compañeros en habitación compartida, y tras la 4ª jornada de los Ejercicios Espirituales en que abandonados los libros dedicábamos el tiempo al cuidado del alma… si es que la tenemos. Las generaciones que nos sucedieron viajarían en intercambios culturales a París, Londres o Roma, y volverían cargadas de vivencias mundanas, o de frívolas y cosmopolitas experiencias emocionantes. Por el contrario, nuestra generación literalmente pobre viajaba una semana de cada curso escolar, en excursión metafísica no carente de momentos excitantes, al entorno de las calderas de Belcebú: experiencias asombrosas que dejaron en nuestra memoria persistentes recuerdos.

En tales oportunidades, y en un contexto de introversión cavilante, el internado se acercaba al espíritu de un monasterio cartujo en días de ayuno: allí donde las sensaciones individuales se confunden con las del trotamundos en su viaje al más allá con un hatillo al hombro; allí donde la actitud del colectivo intercambia opiniones sobre los acontecimientos del día, y lo hace con gestos de una severidad desacostumbrada y taciturna. Hoy, que el análisis pretende esquivar los prejuicios, es justo calificar la vivencia de valiosa para quienes andábamos por los diecisiete o dieciocho años de edad, y galleantes soberbios, dábamos equivocadamente por alcanzada la autodeterminación personal.

          Aquella noche, ocupadas las seis camas y preparados para dormir después de apagar la luz, alguien aludió a la plática pronunciada por el sacerdote dominico, llegado de Perú con la misión de acongojar al alumnado y poseedor de una oratoria escolástica inflamada y escatológica, dando lugar al inicio del coloquio entre los compañeros de habitación que giró en torno a las acciones del Diablo. Es decir, en torno a Satanás y su disimulada sutileza para pasar desapercibido entre la gente, sin descartar que anduviera pendiente de nuestras palabras listo para hostigarnos en aquel momento.

           Mi amigo Abundio Marchamalo, un tipo suspicaz y de talante escéptico, conservaba todavía la frialdad, e ironizando sobre su existencia tachó de absurdo pensar en su presencia bajo ningún disfraz. Pero, a la objeción, el dormitorio se dividió en dos mitades: Abundio recibió el apoyo verbal de algunos compañeros, saliendo a la luz el argumento de que si Dios estaba en todas partes también estaría en el Infierno que con su presencia no podría ser tan malo. Y fue contrariado por Carmelo Cordero, quien retó a los demás a levantarse y dirigirse al cuarto de baño señalando la probabilidad de que:
    - “La simple apertura de un grifo de agua, el movimiento de una cortina sin razón alguna, o cualquier ruido imperceptible, puede constituir la evidente y temible señal de la presencia invisible del Demonio” –enfatizó.

          Nadie se levantó, y a partir de ahí el sector conservador comenzó a superponer visiones aterradoras del Infierno con cualquier hecho que resultara de difícil explicación. El compañero que descansaba en la cama situada a mi derecha recordó la ocasión en que vio marchitarse en su casa, unas flores recién cortadas, un segundo después de que su hermana citara simplemente el nombre de Luzbel. Le secundó el compañero de mi izquierda recordando que disponemos de dos manos, dos pies, dos ojos, dos pulmones… réplicas de muchos órganos que permiten la posible superación de la pérdida de uno de ellos, mas contamos con un solo corazón y, lo que es más dramático, dijo con afectada y lastimera voz:
           –Disponemos de un alma, sólo un espíritu sensible a la corrupción por el efecto tentador del Ángel Caído.  
      
            En esta ocasión, apenas pudimos escuchar los reparos de Abundio  Marchamalo, discrepando débilmente, antes de  comenzar  a evocarse maleficios y artes proféticas, e imponerse los comentarios que daban fe de la existencia de fuerzas luciferinas que ocupan cuerpos ajenos por cuyas bocas hablan. Después se generalizaron los comentarios sobre la existencia de enfermedades de génesis Maligna padecidas por humanos, o de la posesión Satánica implícita en los traumas psicológicos, de las perversas huestes espirituales que extienden el sufrimiento por doquier y de los ambientes tenebrosos, de magia, brujas adivinadoras y lechuzas, de Íncubos y Súcubos, o de espíritus destinados al infierno resistentes a abandonar la tierra y sus miserias.




         Minutos más tarde acabamos recordando conmovedoras escenas de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: ¡La Peste, La Guerra, El Hambre y La Muerte! Y no quedó nada por remover del pasado, ni del presente, hasta la reflexión sobre el futuro que remontamos al… ¡Juicio Final!: El momento definitivo en que, situados a derecha e izquierda del Altísimo, premiados, o castigados por nuestra conducta, se decidía la cara o la cruz de la eternidad.

        El tiempo jugaba a favor de los apologetas del terror en el Más Allá, y en el dormitorio caldeado por las historias y comentarios que se iban sucediendo nadie osaba contradecirlos, la resistencia de los escépticos como yo se había apagado por completo cuando creímos haber visto una sombra atravesando la ventana. Entonces el más beato del grupo, Carmelo Cordero, en un gesto de identificación personal, rindió homenaje a un mártir de la fe al que veneraba aseverando que en el gozo de la mortificación deseaba morir ofreciendo al mundo el mismo testimonio sacrificial por la humanidad, para terminar rezando una oración en latín.  Fue relevado por quien planteó la conveniencia de hacer una confesión pública e inmediata de nuestras debilidades morales. Y sin saber cómo, ni por qué, un tercer compañero de habitación al que extrañaba mi silencio, preguntó citándome por el nombre y apellido, con entrecortado hilo de voz:
       –Máximo Maldía, y tú… ¿qué crees?
        –El diablo no existe, pero representa lo peor de lo humano y vive en nuestra imaginación -respondí.

         Mi réplica no pareció ser escuchada y el ambiente cada vez más denso… ¡incendió el habitáculo! Ahora temerosos y ocultos bajo un par de mantas, no solamente carecíamos del valor para ir al retrete, también nos faltaba el valor suficiente para responder al reto de levantarnos de la cama, o finalmente amilanados, para sacar una mano y mostrarla por encima de la cabeza. La tensión angustiosa atenazaba las gargantas enmudeciéndolas, y cuando se espesó el silencio… ¡nos inmovilizaba el pánico!

Ausente la conciencia capaz de discernir entre lo razonable y lo que no lo es, la juvenil candidez ganaba el pulso a la inmadurez intelectual. La rendición de seis jóvenes de vitalidad indudable y autoerótica narcisista, probaba la eficacia de unas jornadas pensadas para sumir en la introspección obsesiva, y pesimista, a mil quinientos alumnos de la Universidad Laboral.

Abatidos, desalentados y taciturnos los seis compañeros del dormitorio, a la mañana siguiente formábamos parte de una fila interminable, en la iglesia, frente a los confesores que ya habían previsto el éxito de la campaña emprendida contra la incipiente rebeldía.

         ¡Qué ingenuidad la nuestra!  Hoy, el recuerdo de la escena, me inspira hacer un juicio benigno de aquellos presuntuosos adolescentes de endeblez notoria, que flagelábamos con dureza una conciencia escrupulosa e influenciable:
           No distinguíamos entre realidad y ficción, miseria verdadera y miseria imaginada.

           Todavía creíamos en lugares donde el espanto es más espantoso que los habitados por los hombres, o en fantasmas que ven, pero no respiran.    Cabía en nuestra imaginación la vida de cabezas sin cuerpo, y la existencia de espíritus donde falta el soporte de sentidos y sensaciones.

         Nos amedrentaba la posibilidad de que un Dios infinitamente bueno permitiera que su enemigo se disputara con ventaja el favor de sus ovejas. Éramos, en definitiva, jóvenes más inclinados a temer a la palabra y la imaginación que a los hechos, la evidencia o el sentido común. Yestábamos necesitados de dos cosas que el tiempo nos daría… o tal vez no: maduración, y una larga y fructífera lección de filosofía.

          Después de aquella jornada pasaron 40 años hasta que la fortuna permitió el reencuentro de los seis compañeros de fatigas. Y dado que habitábamos en distintos puntos de España se produjo en Madrid, adonde llegamos al lugar de la cita algunas horas antes de lo pactado. Enseguida advertí que me encontraba con hombres de hechos más que de palabras, o que el tiempo había curtido y endurecido su carácter. El pasado no pasa nunca cuando se ha vivido con esa intensidad, y en la cabeza de cada uno permanecía activa la experiencia. Pero los fracasos son huérfanos y es común el espanto de recordar colectivamente flaquezas y frustraciones, de manera que el pudor impidió afrontar el recuerdo de la velada de los Ejercicios Espirituales, capítulo que hizo más devotos y moldeables a los que profesaban la fe, e insobornables y firmes agnósticos, o ateos, a los que no la profesaban.


domingo, 1 de enero de 2017

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 7.- EL DEBATE SOBRE PIO BAROJA

Habían pasado algunos años desde que, en una excursión a la sierra, el viejo que encontramos al paso nos sorprendiera preguntándonos por dominicos históricos de quienes lo ignorábamos todo como Savonarola o Tomás de Aquino. Nuestros evidentes progresos, en buena parte, no correspondían a la educación reglada porque eran patrimonio de las corrientes liberales, aconfesionales, independientes y tal vez mal avenidas con la tradición. Y nos interesaba la conflagración que nuestra generación vivió apasionadamente:la guerra de Vietnam. Discutíamos las hipótesis creacionistas y tomábamos posiciones a favor del darvinismo. Mostrábamos una intensa curiosidad por los acontecimientos políticos externos, a pesar de vivir en una burbuja a la que caracterizaba su capacidad para satisfacer nuestras necesidades primarias y vitales. Y habíamos abandonado en buena parte la subcultura de evasión, o las tendencias literarias de contenidos neutros, aunque no era menos cierto que nuestro perfil, decididamente frágil, lucía grandes agujeros culturales.
De las inquietudes que teníamos, por entonces, buena parte la debemos a las aviesas amistades con las que aún nos sentimos en deuda. Y entre éstas hoy quiero recordar, de nuevo, las de Abel y Abundio Marchamalo, hermanos gemelos alrededor de los que se formó un grupo de excéntricos conocidos como “La camarilla de Abel”, seis u ocho amigos que nos distinguíamos por hacer reuniones en el gimnasio los sábados por la tarde, donde nos comíamos hasta cuatro bocadillos de sardinas en lata por cabezaabundantemente regados con agua, bañándonosdespués en la piscina cubierta.
Pero la historia que me propongo contar ahoraquiere dejar clara nuestra atención a la literatura. Los hermanos Abel y Abundio Marchamalo eran dos excelentes lectores con los que yo acostumbraba a competir poniendo a prueba mis conocimientos, si bien en inferioridad de condiciones. Sin duda no éramos únicos, en el colegio veíamos con frecuencia a otros compañeros realizar los mismos ejercicios, tal vez en cualquier disciplina, o materia lectiva. El lector lo va a entender conforme vaya desarrollándose este relato, pero tampoco sobra una sucinta explicación.
Alguien entre nosotros comenzaba citando a un autor. Acontinuación,daba algún dato o hecho que lo identificara. Seguidamente cada uno de los participantes habría de proseguir demostrando poder aportar nuevas referencias del personaje, hasta que alguno de ellos incapaz de hacerlo se anotaba una falta y, de nuevo citaba a otro autor dando comienzo otra ronda. Cinco fallos hacían perder la apuesta a quien los cometía, y en consecuencia debiera pagar una consumición en el bar que raramente llegaba a materializarse porque no teníamos un duro, aunque el hecho de la derrota era como en el ajedrez, un castigo moral muy severo.
Aquella tarde nos encontrábamos en el aula recogiendo los libros de Literatura, de que íbamos a servirnos en la sala de estudio para afrontar el examen de final de curso al día siguiente, cuando Abel Marchamalo nos retó diciendo:
–Sé que sabéis mucho del texto que tenemos en las manos, pero dejadme que hoy comience la pelea recurriendo a Walter Benjamín, un autor que no hemos estudiado, y que se suicidó en Portbou (España) en el año 1940… Maldía, ¿qué sabes de él?
–Que era de nacionalidad alemana, y poco más–respondí yo.
–De origen judío, si no me equivoco –aportó Abundio.
–Permitid, –dijo Abel en su turno– que me sirva de una cita de Walter Benjamín, que suscribiría cualquier persona razonable: “Tres hombres pueden guardar un secreto, si dos están muertos”.
De nuevo me tocaba a mí decir algo de Walter Benjamín, y no supe responder, de manera que apuntaba mi primer fallo, y pensaba velozmente a qué personalidad podía citar para sorprender a mis amigos, decidiéndome por un histórico personaje italiano:
Girolamo Savonarola
–¡Propongo a Savonarola, Girolamo Savonarola! ¡Ése sí fue un dominico auténtico! ¡Un santo de verdad, fusta disciplinaria de homosexuales, prostitutas y paganos! El látigo de Dios contra el vicio y el libertinaje, apóstol de la supresión del denudo en el arte, la revisión de la ciencia, y la hoguera de las vanidades en la que ardieron libros de Boccaccio y Petrarca. Lamentablemente Savonarola fue excomulgado por el papa Alejandro VI, y le quemaron después de ahorcarlo en la Plaza de la Signoria de Florencia.

–Juguemos limpio, –intervinieron los hermanos Marchamalo– Savonarola no pertenece al mundo literario… no nos sirve.
La puerta del aula se abrió ligeramente distrayendo nuestra concentración, los tres giramos la cabeza al unísono, y a la espera de que pasara algún compañero, pero nadie apareció y nos quedamos con el regusto de la sospecha. Abel se encaró con nosotros reprochándonos hablar en muy alto tono, y nos aconsejó discreción:
–¡Tened cuidado porque a nadie importa de lo que hablemos!… aquí las paredes tienen las orejas del tamaño de la puerta de una catedral… Advierto que, si os oyen decir alguna inconveniente barbaridad, yo me lavo las manos como Herodes.
–Como Pilatos... –rectifiqué y repetí de inmediato–: ¡Como Pilatos!
–¿Es que Herodes no se lavaba? –preguntó Abundio Marchamalo.            
–Bueno, –corté encajando la derrota– si no aceptáis a Savonarola, propongo a Pío Baroja, un verdadero autor de culto del 98; un vasco desarraigado y universalista que está enterrado en el Cementerio Civil de Madrid.
–Bueno, fue un anarquista de salón, es decir, de poca actividad política –concluyó Abundio persuadido de su ventaja.
–También, –continuó Abel– un amigo de librepensadores combativos, anticlericales y pesimistasque, estudióla carrera de medicina y apenas la practicó porque vivió del negocio de la panadería en Madrid.
–Escribió “Las inquietudes de ShantiAndía” –reboté yo.
–“La estrella del capitán Chimista” –precisó Abundio.
La puerta del aula se abrió de nuevo un poco más, hasta quedar semientornada, aunque en esta ocasión no le prestamos más atención de la que merecía. Si cabe, sintiéndonos más seguros, reiniciamos el debate levantando la voz y fueron aportándose títulos de las obras de don Pío Baroja hasta citar más de cuarenta. Pasamos después a poner sobre la mesa su segundo apellido: Nessi. Los nombres de sus padres, tíos, hermanos, profesiones y artes de cada uno, propiedades, títulos, méritos, tendencias políticas, viajes y amigos… ¡qué sé yo! Los hermanos Marchamalo defendían el mundo barojiano como jabatos. Fue entonces cuando Abundio entró en el anecdotario de la última fase de la vida del escritor, dando inicio a un verdadero debate diciendo:
–En el salón de su vivienda colgaba un reloj de pared, sobre el que una leyenda recordaba el peligro de vivir: “¡Todas las horas hieren… la últimamata!”Sin embargo, lo que en realidad le preocupaba era la muerte digna, “el cómo morir”, no “el cuándo morir”. Lo explicaré mejor. Estando un día en amena conversación con su sobrino Julio, llegó un amigo común a comunicarles la muerte de Ortega y Gasset, asegurando que se había dejado confesar por un sacerdote en los últimos instantes de su vida. Extrañado don Pío de la abdicación del filósofo, preguntó al informante por el procedimiento que utilizara el sacerdote para persuadir a Ortega, y aquél le respondió resuelto:
“Muy sencillo, amenazándole con la inmortalidad”.
 La cara de don Pío la iluminó una significativa mueca, y dirigiéndose a su sobrino le pidió:
“Julio, compra una buena escopeta y, llegada mi última hora dispara sobre cualquier sombra negra que aparezca en casa”.
Con aquella petición, una vez más, asentaba su bien conocida doctrina de que:
“Todos los españoles vamos detrás de un cura, unos con un cirio, y otros con un palo”.
–En efecto… –prosiguió Abel tomando el relevo– Julio, su sobrino, se apresuró a comprar la escopeta de repetición, y un año más tarde don Pío agotaba los últimos momentos de su vida, sin que resultara necesario el uso del arma de fuego por la falta de iniciativa o acoso eclesiástico. Cierto que alguien le hizo saber al obispo de Madrid, monseñor Leopoldo Eijo, el estado que atravesaba, pidiéndole que fuera a confesarle, pero éste respondió:
“Yo no voy a confesar a Baroja, Baroja debe morir como ha vivido”.
La única visita clerical a la casa del escritor se produjo después de su fallecimiento, y todavía de cuerpo presente. La realizó un sacerdote, amigo y adversario, vecino del mismo edificio de la calle Alarcón número 12 de Madrid, quien comentó con los allegados que velaban el cadáver:
“¡Menuda sorpresa se habrá llevado don Pío al entrar en el cielo!”
–Bueno, –tomé la palabra sin dejarme amilanar y seguro de mis recursos– la información de que puedo dar fe, extraída de la excelente Enciclopedia Francesa, ofrece una versión distinta.  ¡Escuchadme! Siempre hay almas caritativas dispuestas a facilitar a los demás el camino de la salvación eterna, y a D. Pío Baroja le tentó alguno de los académicos de la lengua que le visitaron, al preguntarle:
“Don Pío, ¿desea usted que le atienda el señor obispo de Madrid? ¿Quiere que monseñor Leopoldo Eijo, pase a confesarle?... Lo haría encantado, y no se trata de ningún extraño, sino de un colega nuestro en la Real Academia”.
Y don Pío Baroja, según dice la bien documentada Enciclopedia Francesa, pronunció las últimas palabras de su vida con entereza y un hilo de voz…
Una violenta apertura de la puerta del aula empujada por las manos del padre Cea, profesor de literatura, interrumpió mi discurso imponiéndose con un grave vozarrón y declamando al tiempo que entraba:
–“¡Sí, que pase el señor obispo… que voy a sacarlo de aquí con una patada en los cojones!”
Después prosiguió–: esas fueron las últimas palabras de Baroja, y te las enseñé yo, Máximo Maldía…¡Personalmente yo!… ¡¡Este cura!!... ¡¡¡Qué Enciclopedia Francesa ni qué mierda!!!...
–De acuerdo, padre Cea, de acuerdo –dije cabizbajo y mirándome los zapatos.
Se hizo un espeso silencio y abandonamos los tres amigos el aula, desalentados, con los libros de texto en las manos. La historia, sin embargo, tendría un buen final. Apenas habíamos andado veinte o treinta metros, cuando erguimos las cabezas al escuchar al cura decir a nuestras espaldas que, premiaba nuestra aplicación generosamente:
-¡No necesitáis presentaros al examen de mañana, sois acreedores de un sobresaliente!




sábado, 26 de noviembre de 2016

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 6.- AMORES PROHIBIDOS

      –¡Atención!… ¡Atención! Los alumnos Máximo Maldía, Abel Marchamalo y Carmelo Cordero persónense en el despacho del director, urgentemente –decía reiterativa y escuetamente la orden cada cinco minutos.
      EL llamamiento a través del equipo de megafonía reclamaba mi presencia en el despacho del padre Pirallo, director del colegio Luis de Góngora, extendiéndose el mensaje a dos compañeros de especial significación, y el tono severo no predecía que se nos requiriera para felicitarnos. Yo acababa de comenzar una partida de ping pong, y mi contrincante haciendo un gesto que reflejaba su extrañeza, me aseguró que, a esa hora y lunes, Abel Marchamalo se encontraba probablemente en el gimnasio. Le agradecí la información, y dejando la raqueta sobre la mesa salí en su busca a fin de hacérselo saber. Apenas hube atravesado a la carrera la puerta del colegio, vestido de chándal y en dirección contraria me encontré con Abel, aprestándome a darle cumplida información del llamamiento del que él no tenía noticia.
      –Abel, han citado nuestros nombres un par de veces por los altavoces, el director quiere hablar con nosotros, y con Carmelo Cordero.
       –¿Maldía, sabes para qué?
       –No, pero no me agrada el tono, nos llaman como si debiéramos algo –aclaré- ¿Qué te parece si localizamos a Carmelo?
       Nos encaminamos resueltamente al aula de Carmelo, a quien teníamos por empollón, y lo encontramos memorizando fechas y ciudades-sede de los 21 concilios ecuménicos de la historia, desde Nicea en el año 325 al Vaticano II concluido en 1965. Y de Carmelo recibimos la primera impresión negativa porque ya tenía noticia de la citación:
      –Esperad un momento, creo que deberíamos reflexionar. No procede correr.
      Una vez que guardó los libros en la cajonera del pupitre, dejamos el aula decididos a personarnos ante el director, y tomamos el camino más largo con parsimonia en dirección a su despacho. En el espacio de tiempo de poco más de veinte minutos, cruzamos nuestros pasos con algunos otros compañeros que nos reiteraban el acento exigente de la convocatoria, o la cara contrariada y funeraria que habían podido observar en el cura quienes le habían visto. Al parecer, se nos dijo, encendido y completamente encolerizado ruge como un león. Algo pasa y no es bueno, el cura no va a ofreceros champán para brindar por vuestra conducta ejemplar.
No pareciendo avecinarse nada conveniente a nuestros intereses, entablamos a tres bandas una conversación tratando de dilucidar la causa por la que se nos reunía, sin lograr consensuar un criterio más allá de la supuesta sanción, seguramente grave, que cabía esperar justa. Por ello, se imponía entre nosotros la mutua confesión de hechos que en conciencia podrían ser causa de recriminaciones. 
En mi caso y, para empezar, sabía del poco entusiasmo que despertaba en mis educadores la dedicación a la magia y la prestidigitación. Por otra parte, se sospechaba, y no sin razón, que había sido yo quien la noche del 1 de noviembre, día de los difuntos, alteró el orden nocturno sembrando el pánico vestido de fantasma y arrastrando cadenas dando vueltas alrededor del Teatro Griego. 
En el caso de Abel Marchamalo, decía él:
–Mis lecturas… no gustan los autores que leo: Valle Inclán, Gabriel Miró, Azorín, Blasco Ibáñez, Galdós, Clarín, Pérez de Ayala, Baroja, Giner de los Rios, Pi y Margall, Ganivet, Arturo Barea, Miguel Hernández, Benavente, Unamuno, Ramón J. Sender, Antonio Machado, Moratín… Me ha reprochado el director algunas veces que leo siempre a escritores anticlericales, y con frecuencia prohibidos. Y me ha respondido así al preguntarle si Antonio Machado también era anticlerical:
– “¡Yunques sonad! ¡Enmudeced campanas!” …¿Acaso estos versos pertenecen a Santa Teresa? ¿Me toma por idiota, Marchamalo? Recuerde ahora donde dice Machado: “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina” … ¡Sí, Machado fue anticlerical y jacobino, republicano, socialista, masón, hijo y nieto de masones!...¿Quién hizo los arreglos definitivos del Himno de Riego para la república?: ¡Antonio Machado!...Un día de estos le voy a dejar la Suma Teológicade Santo Tomás, para que vea una obra auténticamente sabia…
Por lo que respecta a Carmelo Cordero, de actitudes regresivas, extremadamente educado y fiel cumplidor de la misa dominical, preconciliar de profundas convicciones espirituales y piadosas, difícilmente supondríamos que algún reproche hacia él cupiera en la conciencia del cura. Y como nosotros representábamos las antípodas de su sensibilidad espiritual, comenzamos a tratar su caso con atención especial.
–Carmelo, tienes ganada la gloria, los rebeldes somos nosotros y no encuentro qué puede haber de común entre los tres –le dije para tranquilizarle. 
–Maldía, también hay motivos para que me ahorquen, no es oro todo lo que reluce. Os ruego que no divulguéis el secreto personal que voy a contaros… de esto… ¡chitón! ¿Vale? 
–¡Vale! –afirmamos a dúo mientras pensábamos traicionar la promesa.
–Estamos en el mismo barco y necesito desahogarme. Escuchad, –dijo bajando significativamente la voz– tengo un asunto pendiente… con una monja del servicio de lavandería… la resolución de un amor contra viento y marea. 
–¡¡¡Qué dices!!! ¡¡¡Estás loco!!! –Replicamos al unísono, pensando en lo peor, y conteniendo la respiración echándonos las manos a la cabeza.
–Bueno, no hay mala acción –siguió mientras los dos respiramos frustrados.
–¿Guapa?  –indagué.
–De una belleza delicada, tierna, seráfica... un ángel del cielo. Me dejaría cortar las venas por ella, y hace unos días, a sus pies, desnudé mis sentimientos más puros. 
–Cordero… ¡Te buscas la ruina! –exclamamos a la par.
–Si no os lo cuento… ¡reviento! Se llama Alicia, y le recité hace unos días unos versos encendidos de Bécquer afirmando que eran míos, le dije que estaba enamorado y no podía vivir sin ella. Algunos días después propuse fugarnos, hacer autostop hasta Barcelona, y en Barcelona tomar un barco, huir al extranjero y sin pasaporte, casarnos o vivir amancebados… qué se yo… 
–Si piensas en América puedo ayudarte, –se adelantó Abel Marchamalo– tengo familia en Venezuela y tal vez pudiera echarte una mano, cuenta conmigo si decides emigrar.
–Dejé a elección de Alicia el continente y la ciudad, haría cualquier barbaridad por conquistarla, y complacerla me haría feliz. Sueño con viajar a América… Suecia, sin descartar un lugar como París, Venecia o la República de San Marino, ¡qué más da! Además, mi abuelo es muy mayor y no vivirá mucho, las gestiones para la recepción de la herencia no serán largas, yo volvería a España a por el dinero, y con ello podríamos empezar una nueva vida… ¡Qué Dios me perdone! –concluyó santiguándose, mirando al cielo en un delirio diurno.
–La situación tendrá antecedentes –insinuó Marchamalo, queriendo saber más sobre la genealogía de aquel amor prohibido.
–En otras ocasiones –confesó Carmelo Cordero– haciéndome el remolón, había dejado caer algún piropo encubierto y disimulado inteligentemente, obteniendo resultados proporcionales, o sea, ningún resultado apreciable. Por ello, ese día huyendo de las medias tintas, decidí ir al grano. Sincero y jugando limpio, con el corazón en la mano y la verdad en la boca, aprovechando un oportuno resquicio, disparé sacando fuera el amor puro oculto en el interior. No me guiaban instintos, inclinaciones materiales, ni intereses, sino la espiritualización más sublime… ¡os lo juro!
–Donde no hay materia, formas físicas y atractivos, olores, sensaciones, color, o palabras… no es posible la espiritualización, pero bueno… ¿Qué respondió ella?  –pregunté.
–Maldía, nada bueno. Alicia no entendió nada. Me miró de arriba hasta abajo con el gesto resignado que no podré olvidar jamás, y me dijo que era… un chalao. ¡Así, textualmente!
–¡Vaya con la monjita!... Bueno, tienes la conciencia tranquila, y un sentimiento no correspondido; tu corazón venció a tu cabeza, y no creo que la sinceridad motive sanciones –le interrumpí yo.
–Yo si lo creo, ella aludió al acoso de que era objeto, y me dijo que tomaría las medidas pertinentes. Sin duda habrá llegado a oídos del director del que estoy esperando que me pase factura, cuento con lo peor… de ésta nos ponen a los tres en la calle. 
Andábamos despacio, acongojados, resistiéndonos a cubrir los últimos metros que nos separaban del objetivo, y apremiados por el tiempo o el reclamo de las pantallas acústicas que repetían nuestros nombres otra vez. Y llegamos a la puerta del despacho del director, a la que Carmelo Cordero golpeando con los nudillos de la mano diestra, llamó:
–¿Da usted su permiso?
–Adelante, la puerta está abierta –respondió secamente el padre Pirallo.
–Buenas tardes, padre… no hemos podido venir antes –comencé yo.
–Habla con propiedad, Maldía: ¡No habéis querido venir antes! Sin embargo, no lo tendré en cuenta… No puedo pediros que os sentéis porque sólo disponemos de dos sillas, de manera que estaremos los cuatro de pie. ¡En igualdad de condiciones! Además, lo que tengo que comunicaros no es para que lo oigáis sentados… ni mucho menos –dijo sacando del cajón central de la mesa un paquete de “Celtas” que nos ofreció con la misma solicitud que lo rechazamos. 
–Nosotros no fumamos, padre –aclaré yo en nombre del trío, naturalmente mintiendo, y afirmando lo más ventajoso, no la verdad.
–¿A quién vas a engañar, Maldía, a quién? –preguntó, devolviendo violentamente, la cajetilla de tabaco al lugar de donde la sacó, y dejándonos con la ansiedad de fumar, intacta– Bueno, seguramente os preguntareis por qué os he llamado… ¿no es así?
–Así es, padre –se interpuso Cordero, sumiso.
–Voy a ser breve en la exposición, voy a ser muy breve y tan duro como las circunstancias lo requieren. Aquí cada uno debe correr con las responsabilidades que le corresponden y no estoy dispuesto a que asuntos así pasen desapercibidos, me han ofendido gravemente y haré pagar por ello… ¡vaya que sí! –adelantó poniéndonos los pelos de punta por la actitud tumultuosa y abrupta con que desgranaba las palabras.
–Pues usted di… dirá –acertó a articular Marchamalo, costosamente.
–Primero deseo deciros que la información que voy a daros la he recibido de boca de otros directores de colegio, en la tertulia informal que ha concluido hace poco más de dos horas en la sala de juntas del rectorado. Me han avergonzado e irritado de tal manera que he pensado en cortar cabezas, ha sido mi reacción inmediata.  
El padre Pirallo hizo un inciso, y sacó el paquete de “Celtas” procediendo a encender un cigarrillo, ahora sin perder el tiempo en ofrecernos el tabaco que hubiéramos aceptado como última voluntad. Exhaló una bocanada interminable de humo, y buscó el cenicero de aluminio anodizado que colocó sobre la mesa. Su tensión emocional pareció bajar ligeramente, aunque su cara de pocos amigos permanecía desencajada y sus ojos fuera de las órbitas; levantó la persiana de la ventana y se sentó sobre la base del marco antes de proseguir con el segundo punto.
–En segundo lugar, debo deciros que vosotros tres no estáis aquí por un caprichoso azar. Habéis sido elegidos. Digamos que os distingo porque contáis, para mí, entre los alumnos más responsables y consecuentes del colegio (¡!). En vosotros puedo confiar, y de vosotros espero leal colaboración.
Sorprendidos por el elogio, Marchamalo y Carmelo experimentaron un notable cambio en el color de sus rostros, pasando del ceniciento al magenta; yo mismo, sentí legítimo orgullo de hijo predilecto reconocido por el clérigo, mas ninguno de los tres osó interrumpir al director, que reanudó el discurso tras dar una fuerte calada al pitillo.
–Ni siquiera voy a reprochar a Carmelo Cordero que a sus 19 años recién cumplidos ande persiguiendo a Sor Alicia Conejo, una monja de la congregación dominica que tiene 38, y en consecuencia podría ser su madre. 
Marchamalo y yo, estupefactos, absortos y alucinados, no llegamos a articular palabra alguna porque el gesto autoritario del padre Pirallo lo impidió prosiguiendo:
- ¡Vamos a los hechos, no daré más rodeos mareando a la perdiz! Os diré cuál es la única causa por la que convoco esta reunión: ¡En el colegio me han puesto un mote femenino, ahora me llaman “La Bizca”!
La nueva revelación produjo en nosotros un electrizante sobrecogimiento. Marchamalo, Cordero y yo, nos miramos sorprendidos, alternativamente, sin dejar de manifestar nuestra extrañeza, casi tartamudeando y haciendo saber que ignorábamos el hecho. Después reprobando la ocurrencia insultante, a la que calificábamos de “indecente” y “estúpida” nos quitamos la palabra unos a otros, aunque el padre Pirallo continuara exaltado tras dejar el cigarrillo sobre el cenicero, dando un puñetazo monumental sobre la mesa que hizo rebotar 50 centímetros a cuanto descansaba allí. A nosotros nos pareció que levitaba al sobreelevarse sobre las puntas de los pies, levantando las manos y poniéndolas en forma de ganchudas y tenebrosas zarpas mirándose entre sí, y enfurecido y cruzando los ojos casi desesperadamente, al proferir:
–Mi único deseo es que se me vuelva a llamar por mi nombre o apellido… ¡bien lo saben todos los santos del cielo! 
Hizo un paréntesis momentáneo para tomar aire y concentrarse apasionada y vehementemente en la posición tétrica de las garras, y concluyó–:
- No obstante, advierto que, si la fortuna me depara la suerte de conocer al cabrón que me ha puesto de mote “La Bizca” … ¡me cagaré en la puta madre que le parió, y le pisaré los cojones! ¡Por mis muertos!