domingo, 29 de enero de 2017

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 8.- MÁXIMO MALDÍA EN LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES


      En ocasiones reconozco sonrojarme al recordar pasajes de la historia personal como el vivido en la Universidad Laboral de Córdoba, una noche, junto a cinco compañeros en habitación compartida, y tras la 4ª jornada de los Ejercicios Espirituales en que abandonados los libros dedicábamos el tiempo al cuidado del alma… si es que la tenemos. Las generaciones que nos sucedieron viajarían en intercambios culturales a París, Londres o Roma, y volverían cargadas de vivencias mundanas, o de frívolas y cosmopolitas experiencias emocionantes. Por el contrario, nuestra generación literalmente pobre viajaba una semana de cada curso escolar, en excursión metafísica no carente de momentos excitantes, al entorno de las calderas de Belcebú: experiencias asombrosas que dejaron en nuestra memoria persistentes recuerdos.

En tales oportunidades, y en un contexto de introversión cavilante, el internado se acercaba al espíritu de un monasterio cartujo en días de ayuno: allí donde las sensaciones individuales se confunden con las del trotamundos en su viaje al más allá con un hatillo al hombro; allí donde la actitud del colectivo intercambia opiniones sobre los acontecimientos del día, y lo hace con gestos de una severidad desacostumbrada y taciturna. Hoy, que el análisis pretende esquivar los prejuicios, es justo calificar la vivencia de valiosa para quienes andábamos por los diecisiete o dieciocho años de edad, y galleantes soberbios, dábamos equivocadamente por alcanzada la autodeterminación personal.

          Aquella noche, ocupadas las seis camas y preparados para dormir después de apagar la luz, alguien aludió a la plática pronunciada por el sacerdote dominico, llegado de Perú con la misión de acongojar al alumnado y poseedor de una oratoria escolástica inflamada y escatológica, dando lugar al inicio del coloquio entre los compañeros de habitación que giró en torno a las acciones del Diablo. Es decir, en torno a Satanás y su disimulada sutileza para pasar desapercibido entre la gente, sin descartar que anduviera pendiente de nuestras palabras listo para hostigarnos en aquel momento.

           Mi amigo Abundio Marchamalo, un tipo suspicaz y de talante escéptico, conservaba todavía la frialdad, e ironizando sobre su existencia tachó de absurdo pensar en su presencia bajo ningún disfraz. Pero, a la objeción, el dormitorio se dividió en dos mitades: Abundio recibió el apoyo verbal de algunos compañeros, saliendo a la luz el argumento de que si Dios estaba en todas partes también estaría en el Infierno que con su presencia no podría ser tan malo. Y fue contrariado por Carmelo Cordero, quien retó a los demás a levantarse y dirigirse al cuarto de baño señalando la probabilidad de que:
    - “La simple apertura de un grifo de agua, el movimiento de una cortina sin razón alguna, o cualquier ruido imperceptible, puede constituir la evidente y temible señal de la presencia invisible del Demonio” –enfatizó.

          Nadie se levantó, y a partir de ahí el sector conservador comenzó a superponer visiones aterradoras del Infierno con cualquier hecho que resultara de difícil explicación. El compañero que descansaba en la cama situada a mi derecha recordó la ocasión en que vio marchitarse en su casa, unas flores recién cortadas, un segundo después de que su hermana citara simplemente el nombre de Luzbel. Le secundó el compañero de mi izquierda recordando que disponemos de dos manos, dos pies, dos ojos, dos pulmones… réplicas de muchos órganos que permiten la posible superación de la pérdida de uno de ellos, mas contamos con un solo corazón y, lo que es más dramático, dijo con afectada y lastimera voz:
           –Disponemos de un alma, sólo un espíritu sensible a la corrupción por el efecto tentador del Ángel Caído.  
      
            En esta ocasión, apenas pudimos escuchar los reparos de Abundio  Marchamalo, discrepando débilmente, antes de  comenzar  a evocarse maleficios y artes proféticas, e imponerse los comentarios que daban fe de la existencia de fuerzas luciferinas que ocupan cuerpos ajenos por cuyas bocas hablan. Después se generalizaron los comentarios sobre la existencia de enfermedades de génesis Maligna padecidas por humanos, o de la posesión Satánica implícita en los traumas psicológicos, de las perversas huestes espirituales que extienden el sufrimiento por doquier y de los ambientes tenebrosos, de magia, brujas adivinadoras y lechuzas, de Íncubos y Súcubos, o de espíritus destinados al infierno resistentes a abandonar la tierra y sus miserias.




         Minutos más tarde acabamos recordando conmovedoras escenas de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: ¡La Peste, La Guerra, El Hambre y La Muerte! Y no quedó nada por remover del pasado, ni del presente, hasta la reflexión sobre el futuro que remontamos al… ¡Juicio Final!: El momento definitivo en que, situados a derecha e izquierda del Altísimo, premiados, o castigados por nuestra conducta, se decidía la cara o la cruz de la eternidad.

        El tiempo jugaba a favor de los apologetas del terror en el Más Allá, y en el dormitorio caldeado por las historias y comentarios que se iban sucediendo nadie osaba contradecirlos, la resistencia de los escépticos como yo se había apagado por completo cuando creímos haber visto una sombra atravesando la ventana. Entonces el más beato del grupo, Carmelo Cordero, en un gesto de identificación personal, rindió homenaje a un mártir de la fe al que veneraba aseverando que en el gozo de la mortificación deseaba morir ofreciendo al mundo el mismo testimonio sacrificial por la humanidad, para terminar rezando una oración en latín.  Fue relevado por quien planteó la conveniencia de hacer una confesión pública e inmediata de nuestras debilidades morales. Y sin saber cómo, ni por qué, un tercer compañero de habitación al que extrañaba mi silencio, preguntó citándome por el nombre y apellido, con entrecortado hilo de voz:
       –Máximo Maldía, y tú… ¿qué crees?
        –El diablo no existe, pero representa lo peor de lo humano y vive en nuestra imaginación -respondí.

         Mi réplica no pareció ser escuchada y el ambiente cada vez más denso… ¡incendió el habitáculo! Ahora temerosos y ocultos bajo un par de mantas, no solamente carecíamos del valor para ir al retrete, también nos faltaba el valor suficiente para responder al reto de levantarnos de la cama, o finalmente amilanados, para sacar una mano y mostrarla por encima de la cabeza. La tensión angustiosa atenazaba las gargantas enmudeciéndolas, y cuando se espesó el silencio… ¡nos inmovilizaba el pánico!

Ausente la conciencia capaz de discernir entre lo razonable y lo que no lo es, la juvenil candidez ganaba el pulso a la inmadurez intelectual. La rendición de seis jóvenes de vitalidad indudable y autoerótica narcisista, probaba la eficacia de unas jornadas pensadas para sumir en la introspección obsesiva, y pesimista, a mil quinientos alumnos de la Universidad Laboral.

Abatidos, desalentados y taciturnos los seis compañeros del dormitorio, a la mañana siguiente formábamos parte de una fila interminable, en la iglesia, frente a los confesores que ya habían previsto el éxito de la campaña emprendida contra la incipiente rebeldía.

         ¡Qué ingenuidad la nuestra!  Hoy, el recuerdo de la escena, me inspira hacer un juicio benigno de aquellos presuntuosos adolescentes de endeblez notoria, que flagelábamos con dureza una conciencia escrupulosa e influenciable:
           No distinguíamos entre realidad y ficción, miseria verdadera y miseria imaginada.

           Todavía creíamos en lugares donde el espanto es más espantoso que los habitados por los hombres, o en fantasmas que ven, pero no respiran.    Cabía en nuestra imaginación la vida de cabezas sin cuerpo, y la existencia de espíritus donde falta el soporte de sentidos y sensaciones.

         Nos amedrentaba la posibilidad de que un Dios infinitamente bueno permitiera que su enemigo se disputara con ventaja el favor de sus ovejas. Éramos, en definitiva, jóvenes más inclinados a temer a la palabra y la imaginación que a los hechos, la evidencia o el sentido común. Yestábamos necesitados de dos cosas que el tiempo nos daría… o tal vez no: maduración, y una larga y fructífera lección de filosofía.

          Después de aquella jornada pasaron 40 años hasta que la fortuna permitió el reencuentro de los seis compañeros de fatigas. Y dado que habitábamos en distintos puntos de España se produjo en Madrid, adonde llegamos al lugar de la cita algunas horas antes de lo pactado. Enseguida advertí que me encontraba con hombres de hechos más que de palabras, o que el tiempo había curtido y endurecido su carácter. El pasado no pasa nunca cuando se ha vivido con esa intensidad, y en la cabeza de cada uno permanecía activa la experiencia. Pero los fracasos son huérfanos y es común el espanto de recordar colectivamente flaquezas y frustraciones, de manera que el pudor impidió afrontar el recuerdo de la velada de los Ejercicios Espirituales, capítulo que hizo más devotos y moldeables a los que profesaban la fe, e insobornables y firmes agnósticos, o ateos, a los que no la profesaban.


domingo, 1 de enero de 2017

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 7.- EL DEBATE SOBRE PIO BAROJA

Habían pasado algunos años desde que, en una excursión a la sierra, el viejo que encontramos al paso nos sorprendiera preguntándonos por dominicos históricos de quienes lo ignorábamos todo como Savonarola o Tomás de Aquino. Nuestros evidentes progresos, en buena parte, no correspondían a la educación reglada porque eran patrimonio de las corrientes liberales, aconfesionales, independientes y tal vez mal avenidas con la tradición. Y nos interesaba la conflagración que nuestra generación vivió apasionadamente:la guerra de Vietnam. Discutíamos las hipótesis creacionistas y tomábamos posiciones a favor del darvinismo. Mostrábamos una intensa curiosidad por los acontecimientos políticos externos, a pesar de vivir en una burbuja a la que caracterizaba su capacidad para satisfacer nuestras necesidades primarias y vitales. Y habíamos abandonado en buena parte la subcultura de evasión, o las tendencias literarias de contenidos neutros, aunque no era menos cierto que nuestro perfil, decididamente frágil, lucía grandes agujeros culturales.
De las inquietudes que teníamos, por entonces, buena parte la debemos a las aviesas amistades con las que aún nos sentimos en deuda. Y entre éstas hoy quiero recordar, de nuevo, las de Abel y Abundio Marchamalo, hermanos gemelos alrededor de los que se formó un grupo de excéntricos conocidos como “La camarilla de Abel”, seis u ocho amigos que nos distinguíamos por hacer reuniones en el gimnasio los sábados por la tarde, donde nos comíamos hasta cuatro bocadillos de sardinas en lata por cabezaabundantemente regados con agua, bañándonosdespués en la piscina cubierta.
Pero la historia que me propongo contar ahoraquiere dejar clara nuestra atención a la literatura. Los hermanos Abel y Abundio Marchamalo eran dos excelentes lectores con los que yo acostumbraba a competir poniendo a prueba mis conocimientos, si bien en inferioridad de condiciones. Sin duda no éramos únicos, en el colegio veíamos con frecuencia a otros compañeros realizar los mismos ejercicios, tal vez en cualquier disciplina, o materia lectiva. El lector lo va a entender conforme vaya desarrollándose este relato, pero tampoco sobra una sucinta explicación.
Alguien entre nosotros comenzaba citando a un autor. Acontinuación,daba algún dato o hecho que lo identificara. Seguidamente cada uno de los participantes habría de proseguir demostrando poder aportar nuevas referencias del personaje, hasta que alguno de ellos incapaz de hacerlo se anotaba una falta y, de nuevo citaba a otro autor dando comienzo otra ronda. Cinco fallos hacían perder la apuesta a quien los cometía, y en consecuencia debiera pagar una consumición en el bar que raramente llegaba a materializarse porque no teníamos un duro, aunque el hecho de la derrota era como en el ajedrez, un castigo moral muy severo.
Aquella tarde nos encontrábamos en el aula recogiendo los libros de Literatura, de que íbamos a servirnos en la sala de estudio para afrontar el examen de final de curso al día siguiente, cuando Abel Marchamalo nos retó diciendo:
–Sé que sabéis mucho del texto que tenemos en las manos, pero dejadme que hoy comience la pelea recurriendo a Walter Benjamín, un autor que no hemos estudiado, y que se suicidó en Portbou (España) en el año 1940… Maldía, ¿qué sabes de él?
–Que era de nacionalidad alemana, y poco más–respondí yo.
–De origen judío, si no me equivoco –aportó Abundio.
–Permitid, –dijo Abel en su turno– que me sirva de una cita de Walter Benjamín, que suscribiría cualquier persona razonable: “Tres hombres pueden guardar un secreto, si dos están muertos”.
De nuevo me tocaba a mí decir algo de Walter Benjamín, y no supe responder, de manera que apuntaba mi primer fallo, y pensaba velozmente a qué personalidad podía citar para sorprender a mis amigos, decidiéndome por un histórico personaje italiano:
Girolamo Savonarola
–¡Propongo a Savonarola, Girolamo Savonarola! ¡Ése sí fue un dominico auténtico! ¡Un santo de verdad, fusta disciplinaria de homosexuales, prostitutas y paganos! El látigo de Dios contra el vicio y el libertinaje, apóstol de la supresión del denudo en el arte, la revisión de la ciencia, y la hoguera de las vanidades en la que ardieron libros de Boccaccio y Petrarca. Lamentablemente Savonarola fue excomulgado por el papa Alejandro VI, y le quemaron después de ahorcarlo en la Plaza de la Signoria de Florencia.

–Juguemos limpio, –intervinieron los hermanos Marchamalo– Savonarola no pertenece al mundo literario… no nos sirve.
La puerta del aula se abrió ligeramente distrayendo nuestra concentración, los tres giramos la cabeza al unísono, y a la espera de que pasara algún compañero, pero nadie apareció y nos quedamos con el regusto de la sospecha. Abel se encaró con nosotros reprochándonos hablar en muy alto tono, y nos aconsejó discreción:
–¡Tened cuidado porque a nadie importa de lo que hablemos!… aquí las paredes tienen las orejas del tamaño de la puerta de una catedral… Advierto que, si os oyen decir alguna inconveniente barbaridad, yo me lavo las manos como Herodes.
–Como Pilatos... –rectifiqué y repetí de inmediato–: ¡Como Pilatos!
–¿Es que Herodes no se lavaba? –preguntó Abundio Marchamalo.            
–Bueno, –corté encajando la derrota– si no aceptáis a Savonarola, propongo a Pío Baroja, un verdadero autor de culto del 98; un vasco desarraigado y universalista que está enterrado en el Cementerio Civil de Madrid.
–Bueno, fue un anarquista de salón, es decir, de poca actividad política –concluyó Abundio persuadido de su ventaja.
–También, –continuó Abel– un amigo de librepensadores combativos, anticlericales y pesimistasque, estudióla carrera de medicina y apenas la practicó porque vivió del negocio de la panadería en Madrid.
–Escribió “Las inquietudes de ShantiAndía” –reboté yo.
–“La estrella del capitán Chimista” –precisó Abundio.
La puerta del aula se abrió de nuevo un poco más, hasta quedar semientornada, aunque en esta ocasión no le prestamos más atención de la que merecía. Si cabe, sintiéndonos más seguros, reiniciamos el debate levantando la voz y fueron aportándose títulos de las obras de don Pío Baroja hasta citar más de cuarenta. Pasamos después a poner sobre la mesa su segundo apellido: Nessi. Los nombres de sus padres, tíos, hermanos, profesiones y artes de cada uno, propiedades, títulos, méritos, tendencias políticas, viajes y amigos… ¡qué sé yo! Los hermanos Marchamalo defendían el mundo barojiano como jabatos. Fue entonces cuando Abundio entró en el anecdotario de la última fase de la vida del escritor, dando inicio a un verdadero debate diciendo:
–En el salón de su vivienda colgaba un reloj de pared, sobre el que una leyenda recordaba el peligro de vivir: “¡Todas las horas hieren… la últimamata!”Sin embargo, lo que en realidad le preocupaba era la muerte digna, “el cómo morir”, no “el cuándo morir”. Lo explicaré mejor. Estando un día en amena conversación con su sobrino Julio, llegó un amigo común a comunicarles la muerte de Ortega y Gasset, asegurando que se había dejado confesar por un sacerdote en los últimos instantes de su vida. Extrañado don Pío de la abdicación del filósofo, preguntó al informante por el procedimiento que utilizara el sacerdote para persuadir a Ortega, y aquél le respondió resuelto:
“Muy sencillo, amenazándole con la inmortalidad”.
 La cara de don Pío la iluminó una significativa mueca, y dirigiéndose a su sobrino le pidió:
“Julio, compra una buena escopeta y, llegada mi última hora dispara sobre cualquier sombra negra que aparezca en casa”.
Con aquella petición, una vez más, asentaba su bien conocida doctrina de que:
“Todos los españoles vamos detrás de un cura, unos con un cirio, y otros con un palo”.
–En efecto… –prosiguió Abel tomando el relevo– Julio, su sobrino, se apresuró a comprar la escopeta de repetición, y un año más tarde don Pío agotaba los últimos momentos de su vida, sin que resultara necesario el uso del arma de fuego por la falta de iniciativa o acoso eclesiástico. Cierto que alguien le hizo saber al obispo de Madrid, monseñor Leopoldo Eijo, el estado que atravesaba, pidiéndole que fuera a confesarle, pero éste respondió:
“Yo no voy a confesar a Baroja, Baroja debe morir como ha vivido”.
La única visita clerical a la casa del escritor se produjo después de su fallecimiento, y todavía de cuerpo presente. La realizó un sacerdote, amigo y adversario, vecino del mismo edificio de la calle Alarcón número 12 de Madrid, quien comentó con los allegados que velaban el cadáver:
“¡Menuda sorpresa se habrá llevado don Pío al entrar en el cielo!”
–Bueno, –tomé la palabra sin dejarme amilanar y seguro de mis recursos– la información de que puedo dar fe, extraída de la excelente Enciclopedia Francesa, ofrece una versión distinta.  ¡Escuchadme! Siempre hay almas caritativas dispuestas a facilitar a los demás el camino de la salvación eterna, y a D. Pío Baroja le tentó alguno de los académicos de la lengua que le visitaron, al preguntarle:
“Don Pío, ¿desea usted que le atienda el señor obispo de Madrid? ¿Quiere que monseñor Leopoldo Eijo, pase a confesarle?... Lo haría encantado, y no se trata de ningún extraño, sino de un colega nuestro en la Real Academia”.
Y don Pío Baroja, según dice la bien documentada Enciclopedia Francesa, pronunció las últimas palabras de su vida con entereza y un hilo de voz…
Una violenta apertura de la puerta del aula empujada por las manos del padre Cea, profesor de literatura, interrumpió mi discurso imponiéndose con un grave vozarrón y declamando al tiempo que entraba:
–“¡Sí, que pase el señor obispo… que voy a sacarlo de aquí con una patada en los cojones!”
Después prosiguió–: esas fueron las últimas palabras de Baroja, y te las enseñé yo, Máximo Maldía…¡Personalmente yo!… ¡¡Este cura!!... ¡¡¡Qué Enciclopedia Francesa ni qué mierda!!!...
–De acuerdo, padre Cea, de acuerdo –dije cabizbajo y mirándome los zapatos.
Se hizo un espeso silencio y abandonamos los tres amigos el aula, desalentados, con los libros de texto en las manos. La historia, sin embargo, tendría un buen final. Apenas habíamos andado veinte o treinta metros, cuando erguimos las cabezas al escuchar al cura decir a nuestras espaldas que, premiaba nuestra aplicación generosamente:
-¡No necesitáis presentaros al examen de mañana, sois acreedores de un sobresaliente!




sábado, 26 de noviembre de 2016

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 6.- AMORES PROHIBIDOS

      –¡Atención!… ¡Atención! Los alumnos Máximo Maldía, Abel Marchamalo y Carmelo Cordero persónense en el despacho del director, urgentemente –decía reiterativa y escuetamente la orden cada cinco minutos.
      EL llamamiento a través del equipo de megafonía reclamaba mi presencia en el despacho del padre Pirallo, director del colegio Luis de Góngora, extendiéndose el mensaje a dos compañeros de especial significación, y el tono severo no predecía que se nos requiriera para felicitarnos. Yo acababa de comenzar una partida de ping pong, y mi contrincante haciendo un gesto que reflejaba su extrañeza, me aseguró que, a esa hora y lunes, Abel Marchamalo se encontraba probablemente en el gimnasio. Le agradecí la información, y dejando la raqueta sobre la mesa salí en su busca a fin de hacérselo saber. Apenas hube atravesado a la carrera la puerta del colegio, vestido de chándal y en dirección contraria me encontré con Abel, aprestándome a darle cumplida información del llamamiento del que él no tenía noticia.
      –Abel, han citado nuestros nombres un par de veces por los altavoces, el director quiere hablar con nosotros, y con Carmelo Cordero.
       –¿Maldía, sabes para qué?
       –No, pero no me agrada el tono, nos llaman como si debiéramos algo –aclaré- ¿Qué te parece si localizamos a Carmelo?
       Nos encaminamos resueltamente al aula de Carmelo, a quien teníamos por empollón, y lo encontramos memorizando fechas y ciudades-sede de los 21 concilios ecuménicos de la historia, desde Nicea en el año 325 al Vaticano II concluido en 1965. Y de Carmelo recibimos la primera impresión negativa porque ya tenía noticia de la citación:
      –Esperad un momento, creo que deberíamos reflexionar. No procede correr.
      Una vez que guardó los libros en la cajonera del pupitre, dejamos el aula decididos a personarnos ante el director, y tomamos el camino más largo con parsimonia en dirección a su despacho. En el espacio de tiempo de poco más de veinte minutos, cruzamos nuestros pasos con algunos otros compañeros que nos reiteraban el acento exigente de la convocatoria, o la cara contrariada y funeraria que habían podido observar en el cura quienes le habían visto. Al parecer, se nos dijo, encendido y completamente encolerizado ruge como un león. Algo pasa y no es bueno, el cura no va a ofreceros champán para brindar por vuestra conducta ejemplar.
No pareciendo avecinarse nada conveniente a nuestros intereses, entablamos a tres bandas una conversación tratando de dilucidar la causa por la que se nos reunía, sin lograr consensuar un criterio más allá de la supuesta sanción, seguramente grave, que cabía esperar justa. Por ello, se imponía entre nosotros la mutua confesión de hechos que en conciencia podrían ser causa de recriminaciones. 
En mi caso y, para empezar, sabía del poco entusiasmo que despertaba en mis educadores la dedicación a la magia y la prestidigitación. Por otra parte, se sospechaba, y no sin razón, que había sido yo quien la noche del 1 de noviembre, día de los difuntos, alteró el orden nocturno sembrando el pánico vestido de fantasma y arrastrando cadenas dando vueltas alrededor del Teatro Griego. 
En el caso de Abel Marchamalo, decía él:
–Mis lecturas… no gustan los autores que leo: Valle Inclán, Gabriel Miró, Azorín, Blasco Ibáñez, Galdós, Clarín, Pérez de Ayala, Baroja, Giner de los Rios, Pi y Margall, Ganivet, Arturo Barea, Miguel Hernández, Benavente, Unamuno, Ramón J. Sender, Antonio Machado, Moratín… Me ha reprochado el director algunas veces que leo siempre a escritores anticlericales, y con frecuencia prohibidos. Y me ha respondido así al preguntarle si Antonio Machado también era anticlerical:
– “¡Yunques sonad! ¡Enmudeced campanas!” …¿Acaso estos versos pertenecen a Santa Teresa? ¿Me toma por idiota, Marchamalo? Recuerde ahora donde dice Machado: “Hay en mis venas gotas de sangre jacobina” … ¡Sí, Machado fue anticlerical y jacobino, republicano, socialista, masón, hijo y nieto de masones!...¿Quién hizo los arreglos definitivos del Himno de Riego para la república?: ¡Antonio Machado!...Un día de estos le voy a dejar la Suma Teológicade Santo Tomás, para que vea una obra auténticamente sabia…
Por lo que respecta a Carmelo Cordero, de actitudes regresivas, extremadamente educado y fiel cumplidor de la misa dominical, preconciliar de profundas convicciones espirituales y piadosas, difícilmente supondríamos que algún reproche hacia él cupiera en la conciencia del cura. Y como nosotros representábamos las antípodas de su sensibilidad espiritual, comenzamos a tratar su caso con atención especial.
–Carmelo, tienes ganada la gloria, los rebeldes somos nosotros y no encuentro qué puede haber de común entre los tres –le dije para tranquilizarle. 
–Maldía, también hay motivos para que me ahorquen, no es oro todo lo que reluce. Os ruego que no divulguéis el secreto personal que voy a contaros… de esto… ¡chitón! ¿Vale? 
–¡Vale! –afirmamos a dúo mientras pensábamos traicionar la promesa.
–Estamos en el mismo barco y necesito desahogarme. Escuchad, –dijo bajando significativamente la voz– tengo un asunto pendiente… con una monja del servicio de lavandería… la resolución de un amor contra viento y marea. 
–¡¡¡Qué dices!!! ¡¡¡Estás loco!!! –Replicamos al unísono, pensando en lo peor, y conteniendo la respiración echándonos las manos a la cabeza.
–Bueno, no hay mala acción –siguió mientras los dos respiramos frustrados.
–¿Guapa?  –indagué.
–De una belleza delicada, tierna, seráfica... un ángel del cielo. Me dejaría cortar las venas por ella, y hace unos días, a sus pies, desnudé mis sentimientos más puros. 
–Cordero… ¡Te buscas la ruina! –exclamamos a la par.
–Si no os lo cuento… ¡reviento! Se llama Alicia, y le recité hace unos días unos versos encendidos de Bécquer afirmando que eran míos, le dije que estaba enamorado y no podía vivir sin ella. Algunos días después propuse fugarnos, hacer autostop hasta Barcelona, y en Barcelona tomar un barco, huir al extranjero y sin pasaporte, casarnos o vivir amancebados… qué se yo… 
–Si piensas en América puedo ayudarte, –se adelantó Abel Marchamalo– tengo familia en Venezuela y tal vez pudiera echarte una mano, cuenta conmigo si decides emigrar.
–Dejé a elección de Alicia el continente y la ciudad, haría cualquier barbaridad por conquistarla, y complacerla me haría feliz. Sueño con viajar a América… Suecia, sin descartar un lugar como París, Venecia o la República de San Marino, ¡qué más da! Además, mi abuelo es muy mayor y no vivirá mucho, las gestiones para la recepción de la herencia no serán largas, yo volvería a España a por el dinero, y con ello podríamos empezar una nueva vida… ¡Qué Dios me perdone! –concluyó santiguándose, mirando al cielo en un delirio diurno.
–La situación tendrá antecedentes –insinuó Marchamalo, queriendo saber más sobre la genealogía de aquel amor prohibido.
–En otras ocasiones –confesó Carmelo Cordero– haciéndome el remolón, había dejado caer algún piropo encubierto y disimulado inteligentemente, obteniendo resultados proporcionales, o sea, ningún resultado apreciable. Por ello, ese día huyendo de las medias tintas, decidí ir al grano. Sincero y jugando limpio, con el corazón en la mano y la verdad en la boca, aprovechando un oportuno resquicio, disparé sacando fuera el amor puro oculto en el interior. No me guiaban instintos, inclinaciones materiales, ni intereses, sino la espiritualización más sublime… ¡os lo juro!
–Donde no hay materia, formas físicas y atractivos, olores, sensaciones, color, o palabras… no es posible la espiritualización, pero bueno… ¿Qué respondió ella?  –pregunté.
–Maldía, nada bueno. Alicia no entendió nada. Me miró de arriba hasta abajo con el gesto resignado que no podré olvidar jamás, y me dijo que era… un chalao. ¡Así, textualmente!
–¡Vaya con la monjita!... Bueno, tienes la conciencia tranquila, y un sentimiento no correspondido; tu corazón venció a tu cabeza, y no creo que la sinceridad motive sanciones –le interrumpí yo.
–Yo si lo creo, ella aludió al acoso de que era objeto, y me dijo que tomaría las medidas pertinentes. Sin duda habrá llegado a oídos del director del que estoy esperando que me pase factura, cuento con lo peor… de ésta nos ponen a los tres en la calle. 
Andábamos despacio, acongojados, resistiéndonos a cubrir los últimos metros que nos separaban del objetivo, y apremiados por el tiempo o el reclamo de las pantallas acústicas que repetían nuestros nombres otra vez. Y llegamos a la puerta del despacho del director, a la que Carmelo Cordero golpeando con los nudillos de la mano diestra, llamó:
–¿Da usted su permiso?
–Adelante, la puerta está abierta –respondió secamente el padre Pirallo.
–Buenas tardes, padre… no hemos podido venir antes –comencé yo.
–Habla con propiedad, Maldía: ¡No habéis querido venir antes! Sin embargo, no lo tendré en cuenta… No puedo pediros que os sentéis porque sólo disponemos de dos sillas, de manera que estaremos los cuatro de pie. ¡En igualdad de condiciones! Además, lo que tengo que comunicaros no es para que lo oigáis sentados… ni mucho menos –dijo sacando del cajón central de la mesa un paquete de “Celtas” que nos ofreció con la misma solicitud que lo rechazamos. 
–Nosotros no fumamos, padre –aclaré yo en nombre del trío, naturalmente mintiendo, y afirmando lo más ventajoso, no la verdad.
–¿A quién vas a engañar, Maldía, a quién? –preguntó, devolviendo violentamente, la cajetilla de tabaco al lugar de donde la sacó, y dejándonos con la ansiedad de fumar, intacta– Bueno, seguramente os preguntareis por qué os he llamado… ¿no es así?
–Así es, padre –se interpuso Cordero, sumiso.
–Voy a ser breve en la exposición, voy a ser muy breve y tan duro como las circunstancias lo requieren. Aquí cada uno debe correr con las responsabilidades que le corresponden y no estoy dispuesto a que asuntos así pasen desapercibidos, me han ofendido gravemente y haré pagar por ello… ¡vaya que sí! –adelantó poniéndonos los pelos de punta por la actitud tumultuosa y abrupta con que desgranaba las palabras.
–Pues usted di… dirá –acertó a articular Marchamalo, costosamente.
–Primero deseo deciros que la información que voy a daros la he recibido de boca de otros directores de colegio, en la tertulia informal que ha concluido hace poco más de dos horas en la sala de juntas del rectorado. Me han avergonzado e irritado de tal manera que he pensado en cortar cabezas, ha sido mi reacción inmediata.  
El padre Pirallo hizo un inciso, y sacó el paquete de “Celtas” procediendo a encender un cigarrillo, ahora sin perder el tiempo en ofrecernos el tabaco que hubiéramos aceptado como última voluntad. Exhaló una bocanada interminable de humo, y buscó el cenicero de aluminio anodizado que colocó sobre la mesa. Su tensión emocional pareció bajar ligeramente, aunque su cara de pocos amigos permanecía desencajada y sus ojos fuera de las órbitas; levantó la persiana de la ventana y se sentó sobre la base del marco antes de proseguir con el segundo punto.
–En segundo lugar, debo deciros que vosotros tres no estáis aquí por un caprichoso azar. Habéis sido elegidos. Digamos que os distingo porque contáis, para mí, entre los alumnos más responsables y consecuentes del colegio (¡!). En vosotros puedo confiar, y de vosotros espero leal colaboración.
Sorprendidos por el elogio, Marchamalo y Carmelo experimentaron un notable cambio en el color de sus rostros, pasando del ceniciento al magenta; yo mismo, sentí legítimo orgullo de hijo predilecto reconocido por el clérigo, mas ninguno de los tres osó interrumpir al director, que reanudó el discurso tras dar una fuerte calada al pitillo.
–Ni siquiera voy a reprochar a Carmelo Cordero que a sus 19 años recién cumplidos ande persiguiendo a Sor Alicia Conejo, una monja de la congregación dominica que tiene 38, y en consecuencia podría ser su madre. 
Marchamalo y yo, estupefactos, absortos y alucinados, no llegamos a articular palabra alguna porque el gesto autoritario del padre Pirallo lo impidió prosiguiendo:
- ¡Vamos a los hechos, no daré más rodeos mareando a la perdiz! Os diré cuál es la única causa por la que convoco esta reunión: ¡En el colegio me han puesto un mote femenino, ahora me llaman “La Bizca”!
La nueva revelación produjo en nosotros un electrizante sobrecogimiento. Marchamalo, Cordero y yo, nos miramos sorprendidos, alternativamente, sin dejar de manifestar nuestra extrañeza, casi tartamudeando y haciendo saber que ignorábamos el hecho. Después reprobando la ocurrencia insultante, a la que calificábamos de “indecente” y “estúpida” nos quitamos la palabra unos a otros, aunque el padre Pirallo continuara exaltado tras dejar el cigarrillo sobre el cenicero, dando un puñetazo monumental sobre la mesa que hizo rebotar 50 centímetros a cuanto descansaba allí. A nosotros nos pareció que levitaba al sobreelevarse sobre las puntas de los pies, levantando las manos y poniéndolas en forma de ganchudas y tenebrosas zarpas mirándose entre sí, y enfurecido y cruzando los ojos casi desesperadamente, al proferir:
–Mi único deseo es que se me vuelva a llamar por mi nombre o apellido… ¡bien lo saben todos los santos del cielo! 
Hizo un paréntesis momentáneo para tomar aire y concentrarse apasionada y vehementemente en la posición tétrica de las garras, y concluyó–:
- No obstante, advierto que, si la fortuna me depara la suerte de conocer al cabrón que me ha puesto de mote “La Bizca” … ¡me cagaré en la puta madre que le parió, y le pisaré los cojones! ¡Por mis muertos!

domingo, 23 de octubre de 2016

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 5.- “EL ATRACO AL FUTBOLIN”


Severo Camuñas, que pasaba para los educadores por ser un chico de fiar y a toda prueba además de uno de los alumnos más independientes, eficaces, responsables, inteligentes y educados del colegio, era y de ello doy fe el mejor ejemplo de la aguda y perspicaz inspiración para sacar partido a los recursos abundantes, o escasos, de un medio cualquiera. Camuñas, que reunía todos los ingredientes para ganar medallas en un concurso de feos, y apodado El Eslabón Perdido, representaba al tipo sin complejos de sonrisa perpetua y brillante sentido del humor, formas y apariencias afables, o fondo huidizo de gallego que nadie sabe adónde va, y a la sazón había sido designado para atender y controlar el uso del futbolín, un artefacto manejado los domingos por aficionados de habilidosas muñecas, y algún dinero en el bolsillo, que contaba como único juego a nuestra disposición preparado para funcionar con monedas de  una peseta.
La tentación de perseverar en el perfil de Severo Camuñas, que por su interés es muy fuerte, debemos reprimirla y limitarnos al hecho que nos proponemos narrar. Y a tal objeto comenzar diciendo que, no pareció estar cansado aquella noche de domingotras pasar una semana completa de ejercicios espirituales, a juzgar por la actividad que proyectaba llevar a cabo después de impuesto el silencio nocturno en el colegio. Hasta entonces confieso que su actitud había sido completamente natural, los seis compañeros ocupamos las camas en la habitación compartida, y Camuñas dejó pasar más de una hora, tras la que se dirigió a mí, despertándome de un profundo sueño con suaves toques en la cabeza y extrema cautela. Logrado su objetivo, nuestro protagonista se disculpóantes de pedirme encarecidamente:
–Maldía, escucha, tienes que hacerme un favor. Es importante.
Parpadeé una y otra vez hasta despejar la consciencia, mientras el demandante cruzando los labios con el índice de la mano derecha, me instaba a no levantar la voz a fin de no despertar a los cuatro compañeros dormidos como ceporros, y alguno de los cuales roncaba estrepitosamente.
–Lo que haga falta, Camuñas, cuenta conmigo –le respondí en un susurro.
–Te contaré después. Me marcho a Córdoba con unos amigos, ocupa mi cama, el cura de la planta, si pasa por aquí, no debe de notar mi ausencia. ¿Vale?
Apremiado por el trabajo que se proponía realizar, no esperó la respuesta.
Mi cama ocupaba el lugar oculto a la mirada a través de las amplias ventanas acristaladas, en tanto la de Camuñas era la más visible. La estrategia, consistía en dejar vacía la suya y acondicionarla como si estuviera ocupada, porque comprobarlo requería de la atención especial que el cura no acostumbraba a poner.
Mientras yo asentía cambiándome de catre, deseoso de recaer como un paquete en los brazos de Morfeo, Camuñas tomaba la salida. Como toda precaución se enrolló una toalla blanca sobre la cabeza a modo de turbante, y quitó las gafas para dificultar su reconocimiento si era descubierto, deslizándose por los pasillos con la suavidad de una salamandra avistando un insecto. En verdad, de ser descubierto, el intento de obstaculizar la identificación hubiera resultado inútil, pues su cuerpo de una sola pieza, cilíndrico y macizo de cabeza sin cuello y patas cortas, le confería el privilegio de un perfil particular e intransferible, como el aroma a los vinos de solera. Cualquier alumno del colegio, y a la distancia más inconveniente, estaba en condiciones de distinguir a Severo Camuñas, aunque hubiera aparecido con moño y caracterizado de Drácula. Pero la suerte estuvo de su parte, y recorrió sin ser apreciado el largo pasillo conteniendo la respiración al atravesar las puertas de los dormitorios.
 

En el silencio imponente y seccionable de la noche podían sentirse las pulsaciones del corazón, u oírse el movimiento de sus vísceras. Contando los pasos y esmerándose en no romper la calma absoluta, bajó los cuatro tramos de la escalera hasta la planta baja, y atravesó el hall principal del colegio en tanto palpaba, con emoción, el bolsillo derecho del pantalón asegurándose de que allí descansaba el arma con la que iba a ejecutar la operación: la llave de latón para abrir el futbolín.
El acceso al pasillo lateral lindante con el patio interior, franco, lo pasó de puntillas ojeando a izquierda y derecha para cerciorarse de la soledad del entorno, y al llegar al lugar donde descansaba el armatoste, miró a la luna cuyos cuernos apuntando al Este, le permitía asegurar con íntima jactancia que estaba en cuarto creciente.
Un momento después la mano izquierda de Camuñas palpaba con satisfacción el candado del futbolín, al tiempo que la derecha se aplicó en introducir la llave en el alojamiento del bombín, girándolo hacia la izquierda para abrirlo.
–¡Un tercio del trabajo está hecho! –pensó al meterse el candado en el bolsillo.
Las intenciones estaban claras, y el plan perpetrado a punto de caramelo: se llevaría una parte sustancial de la recaudación en aquella semana, lo que le permitiría andar económicamente satisfecho, probablemente, un par de meses.
En ese momento, en el  irrepetible carillón de la ciudad, sonaban las doce. La hora bruja, que no escuchó Camuñas porque a sus oídos sólo llegaba el ulular de un fresco viento otoñal que removía y arremolinaba las hojas secas en el patio interior, traducido por él, sin duda influido por los debates entre compañeros a que habían dado lugar largas charlas de los ejercicios espirituales, como lamentos fúnebres exhalados por ánimas fuera de sus cuerpos aún sujetas a este mundo. Todavía operaba en su inconsciente la Galicia profunda, y en semejantes circunstancias veía espíritus, entes indefinibles y primitivos más arcaicos que el hacha de piedra, contradictoriamente compartidos con el aprendizaje de sesudas y modernas leyes físicas o racionales fórmulas matemáticas. 


Borró pensamientos inoportunos traídos por una imaginación demasiado sensible, y controlando con delicadeza los movimientos, evitando cualquier ruido, abrió con lentitud el futbolín. Las bisagras chirriaron poniendo sus nervios puntiagudos como escarpias, y contuvo la respiración. Después, aplicó las dos manos para levantar el último tramo de la pesada parte superior, fabricada con planchas de madera y difícil de sujetar sin el adecuado puntal vertical. En aquél instante una sombra sospechosa atravesó su campo de visión. La noche por un momento pareció hacerse más densa, y nuestro amigo, atenazado, experimentaba un temor espantoso: un miedo físico y metafísico desvanecido al comprobar que no acechaba ninguna sombra fantasmal, sino la figura del vigilante nocturno de la Universidad, quien un instante después estaba junto a él: –¡Buenas noches! –saludó el recién llegado.
Un espasmo incontrolable recorrió su espina dorsal, y sintió el ardor del arrepentimiento. Dándose por sorprendido, y cogido con las manos en la masa, pensó en confesar sin resistirse, pero las circunvalaciones cerebrales despilfarraban energía y controlaban sus impulsos, consumiendo cinco mil kilocalorías a la búsqueda desesperada de una salida honrosa. Le quedaba una duda, todavía necesitaba confirmar lo irreparable, y la eternidad de un segundo le permitió sobreponerse a la derrota, de tal manera que adoptó la actitud serena y fría del protagonista en las películas de policías y ladrones, jugándose todo a una carta y, poniendo en marcha una treta con atinada astucia.
–¡Muy buenas noches! Perdone que haya pedido su ayuda, señor vigilante. He sido yo quien ha sugerido al padre Zabalza que le buscara a usted para que me echara una mano… fíjese, acabo de salir del estudio donde he preparado el examen de matemáticas de mañana, y cuando todos los compañeros se han ido a dormir, debo de reparar este armatoste porque soy el encargado de mantenerlo en buen estado… y además sin molestar con ruidos, –correspondió educadamente, sin dejar de sujetar la parte superior del futbolín, mintiendo como un bellaco, y rematando–: acataré las órdenes, pero a veces los curas exigen demasiado.
–Pues, la verdad…, no he visto al padre Zabalza, ni a ningún otro, ahora duerme todo dios, estoy por aquí casualmente, haciendo la primera ronda…
Severo Camuñas respiró tranquilo, la normalidad de la respuesta del vigilante rebajó su bien disimulada tensión interna, y se arrepintió de haberse arrepentido. Después, se metió en harina permitiéndose abreviar el discurso y solicitando una asistencia imprescindible y en el acto, de modo afable y convincente:
–¡Vaya, pues me viene que ni caído del cielo! Mire usted, el problema es que algún gamberro ha metido aquí una caja de madera, inutilizando el cierre, agarrotando el mecanismo y… toda… la puñeta ésta. Ya me queda poco, sujételo así, por favor, sacaré la caja y en un segundo traeré la herramienta para asegurar el puntal de retención.


El buen hombre, solícito y considerado, no con poco esfuerzo retuvo los cincuenta kilos de la estructura superior del aparato endosado por nuestro amigo Camuñas, mientras éste agarrando la caja repleta de monedas con ambas manos y cuidadosamente para evitar el delator sonido metálico, desaparecía en no se sabe qué dirección, aunque se sabe a ciencia cierta con qué objetivo expropiatorio.
Allanado el camino, le llevó poco tiempo confiscar lo previsto más o menos por aproximación, o sea, dar el golpe, guardar un montón de monedas provisionalmente en el pupitre del aula, y volver con la caja terciada ahora disculpándose y argumentando que, en realidad al ajustarla bien, el problema del mástil lo resolvería en un minuto.
Al vigilante le temblaban las piernas. Consumido, a punto de abandonar la empresa, desencajado y rojo como un tomate, sudaba a mares soportando en peliagudo equilibrio la tapa del futbolín, luchando contra el agotamiento muscular. Un minuto más, y el escandaloso cierre del cacharro hubiese dado al traste con la misión recaudatoria de mi amigo, sin embargo, los hados favorecieron a Camuñasque, en auxilio del colaborador le liberó del peso.
–Gracias a Dios has llegado a tiempo, estaba a punto de reventar –dijo el vigilante relajando los brazos.
–¡Gracias a Dios! –repitió Severo, poco o nada convencido de la afirmación, antes de pedirle mil disculpas.
Después reiniciaron el trabajo y, mientras el vigilante sujetaba de nuevo la estructura superior, Severo Camuñas, manos a la obra, comenzó acoplando el puntal, metiendo el tornillo en el agujero, que apretó con la mano a fin de hacer creíble que reparaba algo, e introdujo la caja en su alojamiento, aparentando hacerlo con exquisito esmero; dio unos golpecitos sobre la tapa en señal de satisfacción, y felicitándose de la eficacia y validez de su trabajose dispuso a cerrar elfutbolín. La estructurapesada a la que el vigilante sujetaba cansadose bajó ajustándose a la inferior, sin advertir el hombre que el mango de una barra, apoyándose en la solapa del bolsillo superior de la chaqueta, la rajaba de arriba hasta abajo como si fuera un papel de fumar.
¡¡¡Raggggssssssssss…!!!
El sonido de la tela rasgada rompía el silencio del lugar metiéndosele a mi amigo en las sienes, y una franja de tela de diez centímetros de anchura y una longitud de más de medio metro, arrancada de la prenda, la dejaba inútil e irreparable. Por fortuna el ruido no salió del patio interior, pero la cara de estupefacción y horror de la víctima hizo tomar conciencia a mi amigo Camuñas del mal causado. La consternación no dejaba hablar al vigilante, al tiempo que mi amigo lanzando por lo bajo una maldición abominable tras otra, –que no viene al caso reproducir en este lugar– daba cortos e impacientes paseos hasta el momento en que consciente del peligro, controlaba los nervios y, desesperanzado, acertaba a recriminar en tono compasivo al vigilante:
–Pero hombre, ¿cómo viene usted a trabajar como si asistiera a una fiesta?... Con zapatos brillantes, pantalón de tergal y… ¡corbata! ¡Cualquiera diría que va a una boda!
–No voy, vengo directamente del salón donde se ha celebrado la boda de mi hermana, no he tenido tiempo de ir a casa para cambiarme de ropa.
–¡Pues esto es un golpe! –dijo mi amigo.
–¡Y grande! ¡Esto es una ruina! Lo más lamentable es que pagué ayer mismo el primer plazo en la sastrería El Socorro, y me quedan cinco plazos por abonar. ¡Cuando lo vea mi mujer! ¡Con la ilusión que había puesto ella en la chaqueta para que la luciera en la primera comunión de mi hija!
Los lamentos del vigilante, que con detalle fue haciendo saber del estado económico humilde hasta la desesperación que padecía, conmovió a Camuñas, quien solidarizándose de corazón dispuso marcharse deseándole una noche breve, y farfullando torpemente sin acierto alguno, le cacheó cariñosamente en el hombro derecho con una palmadaintentando consolarle.
–Créame, le estoy muy agradecido señor vigilante, no hubiera podido reparar el futbolín sin su colaboración…, ahora procure no trabajar, y olvidar lo que ha pasado… Dios proveerá…
–Dios quizá no, pero se lo pediré al padre Zabalza. ¿Qué te parece? Teniendo en cuenta que el accidente se ha producido ayudándote a reparar el futbolín, y en horas de trabajo, bien pudiera echarme una mano y ayudarme a pagar la chaqueta.
–No lo haga, los curas son muy rácanos, no sueltan un duro. ¡Olvídelo!
–Por pedir que no quede. Si no lo hago yo, lo hará mi mujer… la conozco. Tengo que decírselo como sea...
–Es me… mejor que no le diga nada, –tartamudeó mi amigo cambiando el rostro de color, lívido como un cadáver– el director le reprochará que haya venido vestido se señorito… ¡Pues menudas se las gasta el padre Zabalza! ¡Anda, qué no es exigente!
–¡Qué va! Conmigo es muy buena persona, muy tolerante.
–Entonces póngalo en mis manos, –respondió Camuñas despidiéndose, y cambiando de estrategia rápidamente– hablaré con él, usted como si nada hubiera pasado… ¿Ha dicho ayudarle a pagar la chaqueta? ¡Déjemelo a mí! le informaré pronto, hágase el sueco, como si nada hubiera pasado, vamos a darle al cura un buen palo.
Poseído de un tremendo sentimiento de culpa,  Camuñas no pegó ojo aquella noche, se removía nervioso en la cama como si le zarandearan pidiéndole cuentas. A la mañana siguiente, demudado y cariacontecido, el rictus de amargura marcaba su cara, y me hacía saber de la verdadera aventura de la vigilia, desahogándose, y esperando de mí algún consuelo o consejo de utilidad.
–Máximo Maldía, estoy agobiado, me preocupa la situación porque me juego mucho. Si me agarran en ésta, me expulsan, ¡seguro! ¿Tú que eres aficionado a la magia, qué harías en mi lugar?
–Te comprendo, Camuñas, es grave, yo en tu lugar lloraría, pero la magia no cambia la realidad, sólo genera ilusiones. La honestidad contigo mismo es la primera obligación moral, deberías confesarte…, y cargar con la penitencia.
–¡Qué dices Maldía, esas cosas son las que no se confiesan nunca! ¡Nunca!
–Te comprendo, la conciencia selecciona las faltas susceptibles de ser compartidas con el  confesor, y no aquellas cuya privacidad es inviolable porque revelan quien eres. Pero al menos piensa en reparar el mal que has hecho, devolviendo el dinero del futbolín y pagándole a ese hombre la chaqueta.
–¿Devolver el dinero después de haberme arriesgado?... ¡Jamás!... Mi único problema es pagar la chaqueta,  apenas me llega para pagar el primer plazo… ¿De dónde saco el resto… de dónde Maldía?
–Tus padres te envían algo de cuando en cuando… supongo yo, ahí lo tienes.
–¡Están mis padres como para enviarme dinero, mira! Si fuera así, no te pediría consejo… Maldía tú sabes de magia… algo podías hacer.
–El dinero no se crea ni se destruye, sólo cambia de manos… no te amilanes, échale valor; tendrás que aprovechar el recurso y repetir la hazaña. ¡Atraca el futbolín las veces que convenga! ¡Atrácalo! Te arriesgarás, pero lo harás por una buena causa además de evitar la expulsión.
–Yo creo que es moral… porque lo hago en defensa propia… ¿verdad, Maldía?
–¡Pues qué sé yo!… atracar el futbolínno es moral, pero pagarle la chaqueta al vigilante, inocente de toda culpa, diría que sí. La cosa es compleja, un remiendo difícil de zurcir, aunque si quitas en un lado y no se nota, y lo pones en otro lado y se nota, habrás conseguido hacer lo que llamo: una herida sin sangre. Hay héroes más canallas, y nos los ponen de ejemplo a imitar en los libros de historia.
–¡Si es que no me queda más remedio, Maldía…, no me queda más remedio!... ¡Me cago en mi estampa!¡Me ha salido el tiro por la culata! –Maldecía Camuñas.
 Y pagó la chaqueta.  Investigó primero del domicilio del vigilante y se personó en él para hacerle entrega del pago del primer plazo asegurando haber obtenido la concesión económica del director del colegio, padre Zabalza, a condición de que el asunto pasara desapercibido y no se hablara más de él, dada la falta imperdonable de haber acudido al trabajo vestido de gala. Después y cada mes, mi amigo depositaba en la sastrería El Socorrola cantidad correspondiente al pago aplazado, y en metálico, tras de los sucesivos atracosal futbolín.
A decir verdad, a Severo Camuñas todavía le quedó dinero para asistir al cine 

martes, 27 de septiembre de 2016

Experiencias de Máximo Maldía en la U.L. de Córdoba. 4.- “LECCIONES DE MAGIA”

 El hecho de ser hijo de Rodrigo Maldía, un mago profesional reconocido y admirado en multitud de teatros a lo ancho y largo de la Península Ibérica, me permitió aprender muy joven algunos trucos de complejidad regular de los que me valí en algunas ocasiones para llamar la atención, o dejar boquiabiertos a curiosos y compañeros. No es menos cierto que en algunas ocasiones hube de servirme de ellos contra mi voluntad y para divertir a mis amigos, a quienes no importaba que el truco no saliera bien, quedando mis habilidades en entredicho. De la época a que aludo, los años sesenta de la ULC, conservo todavía memoria de éxitos y fracasos en la práctica de la magia, pero aburriría al lector prodigándome en la evocación repetitiva, de manera que un solo ejemplo servirá a mi propósito de dejar constancia de la afirmación.

Sucedió una tarde junto al colegio Luis de Góngora, en la que yo había salido al exterior preparado con el propósito de entretener y rodeado de un nutrido grupo de interesados por las artes mágicas, ante los que desplegué mi humilde catálogo de recursos realizando algunos trucos de impactante efecto visual. Cuatro veces me propuse, y conseguí hacer aparecer y desaparecer dos palomas, y otras cuatro introduje a un conejo de dos kilos en un pequeño frasco de perfume, con la perfección que yo mismo hubiera aplaudido de ver en cualquier experto, arrancando el generoso y no por ello menos merecido aplauso unánime de los reunidos, que me estimularon haciendo evidente la sincera e inequívoca admiración de mis habilidades. Le siguieron después algunos juegos con naipes; una explicación aclaratoria y práctica de las trampas más usuales empleadas por los trileros, que gustaron a los presentes; y un transitorio final realizando un lanzamiento de cuchillos, desde veinte metros de distancia, sobre el contorno de  la silueta de carne y hueso de Jesús Pichardo, compañero desconfiado que se prestaba por primera vez a colaborar, y cerraba los ojos a cada lanzamiento temeroso de que alguna de las armas blancas se desviara del objetivo atravesándole la nuez.

Dado que el sol declinaba en el horizonte, semioculto por borrascosas nubes amenazadoras, había decidido dar por concluida la sesión, pero acabé cediendo a los deseos de mis amigos, los hermanos Abel y Abundio Marchamalo, aficionados a la prestidigitación y con quienes acostumbraba a contar en situaciones que lo hacían conveniente, e incluso imprescindible.
–Maldía, haz el de la cuerda… el truco de la cuerda –pidió Abel.
–¿El de la cuerda? –preguntaron algunos compañeros al unísono.
–Sí, –explicó Marchamalo– nos tumbamos tres de nosotros en el suelo, apoyando los pies en el bordillo de la acera, Maldía nos abraza con una cuerda, y tirando de ella con los dientes nos levanta hasta ponernos en pie.
–¿Quieres decir que no se vale de las manos? –inquirió Jesús Pichardo.
–Eso quiero decir… que no se vale de las manos –confirmó Marchamalo.
–Maldía tendrá que demostrarlo aquí y ahora –insistió Pichardo, desconfiado.

Cundieron las acostumbradas exclamaciones de escepticismo y recelo, prodigándose los cálculos del esfuerzo a superar en aproximaciones muy cercanas a la realidad, al tiempo que Abel Marchamalo entraba y salía del colegio provisto de una cuerda de dos centímetros de diámetro y más de seis metros de longitud, que puso a mi disposición. Para entonces, una docena de voluntarios se prestaba a formar parte del trío.

Muy a pesar de la voluntariedad entusiasta puesta por los hermanos Abel y Abundio Marchamalo, y por el riesgo que comportaba el ejercicio de magia propuesto, no era momento de llevarlo a cabo. Me resistí aduciendo que se trataba de una experiencia poco ejemplar, susceptible de herir la sensibilidad de determinados compañeros, pero la respuesta mayoritaria y democrática me empujó literalmente a realizarlo. Por eso, en tanto yo ponía las condiciones mínimas exigiendo que, los compañeros a levantar se cubrieran la cara con un pañuelo al objeto de favorecer la indispensable concentración esencial para el éxito de la prueba, Abel decidía contando con mi connivencia que el trío estaría compuesto por su hermano Abundio en un extremo, Jesús Pichardo en el centro, y él mismo en el otro extremo.

A la vista de la selección del trío, no pude menos que esbozar una sonrisa asimétrica, haciendo saber de las dificultades añadidas por el peso que sumaba. Los hermanos Marchamalo eran tipos que sobrepasaban el metro ochenta centímetros de estatura, y Jesús Pichardo, musculado hasta en las uñas de los pies, no representaba un obstáculo menor, pero evité hacer comentario negativo alguno, y oculté que todo aquello estaba sujeto a la improvisación más absoluta, e iban a ser partícipes activos de un experimento único, dirigido por un principiante como yo.

Comenzaron tumbándose los tres boca arriba en el suelo, y apoyando los pies en el bordillo de granito de la acera. Y cuando estuvieron estirados y solidariamente unidos por los brazos, procedí a pasar la cuerda por detrás de sus cabezas, bajándola hasta los hombros y haciendo un nudo corredizo a la altura de Pichardo, y pegado a su tórax.
–¡Los pañuelos! –reclamé haciendo pitos con los dedos corazón y pulgar de la mano derecha, – ¡pañuelos limpios, por supuesto! –urgí autoritario repitiendo pitos.
Mi petición no tardó en satisfacerse. Nadie confesó disponer de pañuelo limpio a mano, pero algún compañero propuso el uso de camisas o camisetas, y pareciéndome buena idea en un instante dispuse de las prendas de tres voluntarios, quienes las colocaron sobre cada una de las caras del trío, a la vez que yo aconsejaba a los espectadores, –que sobrepasaban de largo el centenar– ampliar el semicírculo en torno a lo que llamaba el escenario, robusteciendo la verosimilitud y teatralidad del acto.

Situándome a dos metros de los pies de la terna pasiva, tensé la cuerda ligeramente, y anuncié en voz alta que yo procedía a taparme los ojos, aunque no fue así, pues el fin de la advertencia era insuflar confianza en Jesús Pichardo y con un solo objetivo. Inmediatamente, adoptando actitud de maestro de yoga, pedí silencio, y ocupando el lugar de sus conciencias ordené que profundizaran en la concentración, parafraseando susurrante y persuasivo en repetidas ocasiones e impostando la voz:
“El mundo está inmóvil y todo es sigilo… a vuestro entorno lo rodea la oscuridad… no penséis en nada, ya hay quien piensa por vosotros. Pensar es nefasto y desgasta prematuramente las neuronas… ¡concentraos!”.

Optimizado el ambiente, la tensión emocional reinante acercaba la situación a la ilusión colectiva, premisa imprescindible para que la acción manejada con acierto, adquiriera categoría de portentosa e irrepetible. El momento, convenientemente prolongado, lo llenaba induciendo a la relajación y la confianza en que lo imposible, como es harto frecuente y vemos cada día por la calle, se hace realidad.
“Vais a vivir una nueva experiencia, concentraos y escuchad los latidos de vuestro propio corazón… Amigos míos… ¡vais a levitar!” –anuncié con voz balsámica de gurú recién llegado de la India y con poderes sobrenaturales, cuando la densa y silente expectación podía tocarse con las manos, abundando más tarde en el método que ayudaría a propiciarlo–:“Olvidad las leyes científicas y todos los presupuestos de la razón que los profesores enseñan en las aulas, opuestos a nuestros deseos, porque son torpes instrucciones que nos impiden levantar el vuelo… Concentraos… relajad los músculos… sois autónomos e independientes, y no os debéis a código alguno”

La realidad es muy cruel y, hay promesas que consuelan cuanto más desatinadas, fantásticas e creíbles resultan. Autoconvencido de que el grado de credulidad y candidez entre la concurrencia era óptimo y muy elevado, no hubo estupidez que pasara por mi mente que renunciara a proclamarla. Trabajar de flautista de Hamelin todavía es posible, pensé un momento antes de inducirles a creer que estaban acercándose a experimentar la percepción extrasensorial en grado superlativo.A poco más de quince minutos de comenzado el número, los efectos hipnóticos de mis palabras comenzaron a cuajar y  tener consecuencias en algunos de los espectadores que absortos cerraban los ojos, hecho en el que leí el estado maduro conveniente, es decir, el momento aconsejado para dar los últimos pasos. Entonces entregué la cuerda a un compañero espectador ordenándole mantenerla en suave tirantez. Acto seguido rodeé muy despacio los cuerpos del trío tendido en el suelo, hasta situarme sobre sus cabezas haciendo llegar a espectadores y actores mis últimas y cada vez más increíbles conjeturas esotéricas, enigmáticas, ininteligibles y absurdas.

“Habéis olvidado las matemáticas y todo lo que sabéis; ahora sois ligeros como plumas… leves… ingrávidos… ¡auténticamente libres! Vuestros sueños se harán realidad si os ponéis en mis manos. Preparaos… va a cesar toda fuerza telúrica o geológica, e izaréis los cuerpos lentamente rompiendo la ley de la gravedad en una experiencia única y paranormal”.

 En tanto los hermanos Marchamalo, mis leales colaboradores, reflejaban extrema rigidez aferrándose a los brazos de Pichardo para que no levitara de motu propio y a destiempo, éste gozaba de una relajación muscular absoluta, facilitando una inocente entrega a nuestros propósitos o abandono completo de la voluntad. Comprendí que todo estaba en mis manos, y reprimí la intención de recurrir a la convocatoria del espíritu de sus antepasados para que los ayudaran a levitar, decidiéndome a culminar el proyecto. Me bajé los pantalones y los calzoncillos, y una vez desnudo de cintura para abajo, sentándome sobre la cara de Pichardo, procedí a sacar un cigarrillo de tabaco negro encendiéndolo con una cerilla. (¡¡¡!!!)

No se hizo esperar el estruendoso y desternillante bullicio de carcajadas de los congregados, que llegó hasta las pistas de atletismo, despertó a los mirlos blancos de los árboles cercanos que atemorizados levantaron el vuelo en bandada como un solo pájaro, perdiéndose en el horizonte, y provocó la primera reacción de Pichardo que puso en marcha el movimiento de cuerpo y extremidades inferiores atrapado por los brazos de los hermanosMarchamalo. No era posible oír sus palabras por la presión que ejercía mi culo sobre su boca y nariz, pero hubiera jurado que profería gruesas imprecacionesy sonoras amenazas, o maldiciones que en aquellos tiempos estaban prohibidas. Y como no convenía prolongar la situación desesperada y asfixiante de Pichardo, algunos segundos después simulé tirarme un pedo, me levanté subiéndome los calzoncillos y el pantalón a toda prisa, y encabecé la huida secundada por los hermanos Marchamalo, con incierto destino. 

Cuando la víctima quiso levantarse y tomar un ladrillo para usarlo contra nosotros a modo de granada explosiva, habíamos tomado más de cincuenta metros de ventaja, distancia que se mantuvo más o menos inalterable a lo largo de una larga noche de persecución; iracundo y exasperado, empujado por los instintos asesinos de quien ha sido humillado sin compasión, como un poseso lanzando graves insultos a nuestras espaldas, Pichardo corría anhelante de traducir las intimidaciones verbales, en ladrillazos sobre nuestras cabezas.

–¡Hermanos Marchamalo, ha sido una idea vuestra… si os agarro me hago una cartera de piel de idiotas!... ¡Y tú, Maldía, eres el jefe del contubernio… un mal bicho! ¡Dad la cara… banda de cabrones… dad la cara! –repetía el ofendido cambiando adjetivos y maldiciones, y sin perder el ritmo, repartiendo entre los tres la responsabilidad de la broma chusca.

En la frenética e interminable carrera casi a la desesperada perdí el reloj que llevaba en la muñeca de la mano derecha, pero la fortuna aliada con frecuencia de los malos, y no de los buenos, nos permitió salvar el pellejo. Pichardo hubo de aceptar la inocentada, aunque tiempo después, pleno de ingenio, devolvería la ofensa a los hermanos Marchamalo y a mí mismo... venganza que es asunto que tocaría narrar a él y no a quien escribe esta historia, mago incipiente al que resultó una experiencia gratificante recuperar al día siguiente el reloj que, se había detenido a recoger Jesús Pichardo en su persecución tras de nosotros, y me entregó amablemente.